CINE PSICOTRÓNICO – 1990: LOS GUERREROS DEL BRONX de Enzo G. Castellari (1982)

 

Vamos a viajar hoy a uno de los países que enarboló la desvergüenza, falta de escrúpulos e inutilidad como estandartes de su terrorismo fílmico, elevándose por encima de cualquier rival en una década donde la competencia estaba dura. Hablamos evidentemente de Italia, experta en clonar (previa mutación lisérgica) los títulos que lo petaban procedentes de los Estados Unidos con unos resultados que iban desde el bochorno al descojone pasando por auténticos crímenes contra la humanidad. Muchos fueron los directores que se lanzaron con frenesí maníaco a facturar estos atentados visuales, destacando especialmente el que nos ocupa hoy, el gran Enzo G. Castellari.

 

Boxeador, culturista y posteriormente realizador de cine (con dos cojones), Castellari le pegó a todos los palos, del cine bélico a la comedia pasando por el giallo y el thriller, teniendo tiempo incluso de alcanzar la iluminación y regalarnos aquella joya del poliziesco que era  «La Policía Detiene, La Ley Juzga» (1973) con el machote de Franco Nero al frente. Y entre todos esos géneros Castellari le dio también al que más veces se ha aliado con el esperpento y la hilaridad (junto al de espada y brujería): el género post-apocalíptico, dando vida a la legendaria 1990: Los Guerreros Del Bronx. De visionado obligatorio para todos aquellos que morábamos en nuestra infancia y juventud por los videoclubs (era imposible resistirse a su enormérrima carátula), la película de Castellari se benefició de los bolsillos llenos de su productor (el tremebundo Fabrizzio De Angelis) para rodar los exteriores en el famoso barrio neoyorquino, y aunque el resultado final se puede considerar una mierda como un piano hay que reconocer que sigue manteniendo su encanto ponzoñoso tres décadas después.

Aunque la película suele estar inscrita en el género post-apocalíptico, hay que decir que aquí la historia (por decir algo) no abraza el rollo futurista ni cienciaficcionero para centrar su mirada en clonar el espíritu de dos films como «1997: Rescate en Nueva York» de Carpenter y «Los Amos De La Noche» de Walter Hill. Del primero pilla la trama del rescate a una jovenzuela de la alta sociedad perdida en las cloacas de un futuro cercano, mientras que del segundo adopta todo el colorido de las diferentes pandillas y el protagonismo de los moteros (en este caso rizando el rizo y haciendo una suerte de moteros/hardrockeros/gays/nazis). De hecho lo único que te indica que es un Nueva York superviviente de algún holocausto es que salen descampados y las calles están muy sucias, porque por lo demás ni se les ocurrió cortar el tráfico para la peli. El guión es un truño enorme lleno de diálogos sin sentido, pero se ve favorecido por un ritmo en el que las hostias y las diferentes pandillas psicotrónicas que las dan/reciben son las reinas de la función (y en el caso de algunas de ellas lo de «reinas» va que ni pintado…), haciendo que tanto el visionado como los inevitables traumas que acarrea se hagan de lo más entretenido. Viendo la guisa que gastan las pandillas no sería raro enterarse que el encargado de vestuario explotó tras terminar el rodaje de 1990: Los Guerreros Del Bronx, ya que el despliegue de caspa, mal gusto y ochenterismo dañino que despliegan hubieran sido demasiado para la conciencia de cualquier ser humano. Desarrapados, bailarines de claqué, patinadores estilo La Naranja Mecánica, macarras estilo 50’s… cada tribu urbana despliega sus miserias sin vergüenza ni compasión por el pobre espectador que sufre a medio camino entre el ataque de risa, el desprendimiento de retina y el shock anafiláctico. 

Las interpretaciones, así en general, no llegan ni a merecerse ese nombre, destacando por encima de todas la de su protagonista, el increíble Mark Gregory (Marco Di Gregorio para los amigos) en el papel de Trash. Descubierto por Castellari en su gimnasio (y ahí deberían haber sonado todas las alarmas), el por entonces veinteañero poseía todas las virtudes de una estatua griega, incluida su nula movilidad (que en una estatua es habitual, e incluso imprescindible para no confundirla con un mimo) y expresividad, y las pocas veces que el mozalbete se echaba a caminar parecía como recién caído en un campo de pepinos (los pantalones violando su trasero tampoco ayudaban). A pesar de eso el magnetismo que irradiaba era innegable, y uno no podía apartar la mirada asombrado mientras pensaba «le pagaban por esto…», lo que hace que su corta carrera sea aún más inexplicable (modo irónico ON). Uno de los más grandes, señores. La cosa sube enteros con la participación de dos grandes como son Vic Morrow (el de la serie Combat!, padre de Jennifer Jason Leigh y sí, el que murió decapitado en el rodaje de Twilight Zone: The Movie) haciendo de rudo mercenario sin escrúpulos y un estupefástico Fred Williamson (el mítico ex-jugador de fútbol americano que lo petó haciendo films de bajo presupuesto y blaxploitation) que se come la pantalla cada vez que aparece (también es cierto que a su lado hay geranios con pelo y extremidades, pero al César lo que es del César). 

Y así, entre una factura horripilante, un guión risible, gente vestida muy rara y hostias coreografiadas por un poliomelítico transcurre 1990: Los Guerreros Del Bronx, cuyo final de épica psicotrónica pone la puntilla final a una de las obras magnas de la mugre de videoclub. Cine, años 80 e Italia, y de ahí al Infierno…

 

Reseña invocada por CTHULHU.