CINE PSICOTRÓNICO: MIAMI CONNECTION de Y.K. Kim y Richard Park (1987)

 

Vamos hoy con el que probablemente sea el mayor lanzamiento cinematográfico de 2012, de una peli de 1987. Y no cualquiera, sino  que a tenor de lo visto, estamos ante la que probablemente sea la joya psicotrónica de aquella década (y mira que la competencia es ardua). Vayamos por partes, ya que supongo que os estaréis haciendo los tentáculos un lío con el tema de las fechas. Miami Connection es una peli del 87 pagada, escrita y dirigida por Y.K. Kim, sensei coreano de Taekwondo y propietario de un dojo en Orlando que un buen día decidió facturar un truño fílmico protagonizado por sus estudiantes, para así compartir las enseñanzas de las artes marciales al mundo y demostrar a los niños el efecto pacificador de una buena patada giratoria en la boca. Tal era el nivel de vanguardismo visionario de su cinta que los productores de la época no supieron apreciar su ejercicio de deconstrucción artística (a pesar de que sí apoyaron otros clásicos del dadaísmo cinematográfico como American Ninja o Samurai Cop). A causa de esto la peli sólo fue estrenada en un pase pagado por el propio Kim en el Festival de Cannes (con dos cojones coreanos, claro que sí). Pasaron las décadas con una sociedad occidental hundida en la mediocridad y el barbarismo, alejada como estaba de esta nueva Biblia de la filosofía y la ética a golpe de mamporro. El fin era inminente. Hasta que llegó Drafthouse Films en 2012 y recuperó la cinta del cubo de basura de la Historia, anunciando una nueva era de luz y felicidad para el género humano.

Muchos son los factores que hacen de Miami Connection una obra maestra del Séptimo Arte. El primero es que es de los 80, y nada de lo hecho en aquella época es malo, o sí, pero siempre con las toneladas de bizarrismo casposo y entretenimiento radioactivo que encumbraron el arte de la década al nivel de otros grandes movimientos como el Renacimiento, el Impresionismo o el Cine Kinki. El segundo factor es el carácter amateur (por ser bondadosos) de todas las actuaciones, que entre otras cosas nos regalan un “Oh My God” al nivel del vivido en Troll 2, y eso son palabras mayores. Y el tercero es la desbordante ensalada de elementos ochenteros que la convierten en toda una orgía para el espectador culto y avezado: rock 80’s de estribillos víricos y caspa a toneladas, ninjas moteros, malo peludo y barbudo a lo Chuck Norris, buenrrollismo de iglesia evangélica, patadas giratorias, narcotraficantes y alguna que otra teta (aunque poco agraciada). Pero incluso aquí hay sorpresas, ya que los protagonistas, una banda de rock compuesta por huérfanos expertos en Taekwondo (suena a gilipollez, y lo es, pero ¡bravo!), son enemigos acérrimos de los ninjas y componen temas contra ellos, lo que contrasta con una época que ensalzaba a esas alimañas traicioneras. Por fin alguien con los huevos necesarios para enfrentarse al lobby encapuchado. También las peleas son un maelstrom de preciosismo coreografiado por un tullido y aunque no dudo en la validez del cinturón negro del señor Kim, hay que reconocer que lo suyo no eran las peleas corales. Sin embargo también añado que ver a esos jóvenes pelear como afectados por una borrachera de orujo tiene su encanto hipnótico, y celebrarás cada patada entre risas poco contenidas (que te vas a descojonar, vamos).

 

Sobre la banda en cuestión, pues se llaman Dragon Sound, son cinco tíos sudorosos y sin camiseta (más una chica de pelo cardado, pero ella no pega patadas por lo que no cuenta) tocando con los instrumentos desenchufados, cantándole a la amistad y el amor, y todo desde una óptica estrictamente heterosexual (claro…). Mención especial merece el papel de Kim (que actúa en la peli como miembro de la banda), con una dicción en inglés rayando la perfección si por perfección entiendes un troll de las cavernas aprendiendo el idioma con un capítulo de Muzzy (sí treintañeros, el de “I’m Muzzy, big Muzzy”). Los ninjas también tienen miga, pues no contentos con ser asesinos implacables y silenciosos (porque lo dice la Wikipedia, éstos no hubieran durado ni 5 minutos en el Japón feudal) en sus ratos libres son rudos moteros de tripa y barba osezna (cómo lo hacen para ocultar su obesidad cuando se enfundan el pijama negro no nos lo cuentan, ni tampoco nos importa) que trafican con cocaína. Ante tal unión de conceptos uno no puede sino aplaudir, sangrar y morirse. Pero lo mejor, como en las grandes historias, llega al final. No os daré detalles (porque no me apetece escribir más, no por no joderos una trama que no existe), pero tan sólo comentaré que tras hora y media de guantazos, patadas y muerte así en general, la película se cierra con un rótulo de esta guisa: “Sólo eliminado la violencia se podrá lograr la Paz Mundial”. Sublime! Genial! Ni los ideólogos de la Operación Justicia Infinita lo hubieran explicado mejor.

Miami Connection es no sólo un maravilloso viaje atrás en el tiempo, sino un producto perfectamente válido y disfrutable en este siglo donde la gente paga para ver cosas como los Transformers. Delirante, bizarra y deliciosamente radiocativa, estamos ante la mejor demostración imaginable de la única verdad que existe en este sucio mundo: No hay nada como un guantazo a tiempo. Yo le daba mil Oscars.

 

Reseña invocada por CTHULHU.