CINE PSICOTRÓNICO: R.O.T.O.R. de Cullen Blaine (1989)

 

Hacía bastante que no malgastaba mi tiempo desgranando las pútridas delicias de un zurullo fílmico, y consciente de que todo regreso ha de ser siempre triunfal he decidido tirar la casa por la ventana (y con ella parte de mi escaso cerebro) y hablaros de una de las grandes joyas del tardo-ochenterismo: R.O.T.O.R. Pergreñada por un Cullen Blaine que venía del mundo de la animación (concretamente de dirigir un corto de la Pantera Rosa), su obra fue tan magna, tan absolutamente imposible de superar, que en un acto de responsabilidad (para con él y con la humanidad) decidió volver a refugiarse en el mundo de los dibujos animados ayudando a crear cosas hasta decentes como Scooby-Doo, los Simpsons o las Tortugas Ninja

Para muchos la peor película de la historia, para otros la obra cúlmen de la cinematografía sideral, las virtudes de R.O.T.O.R. miran con desdén cualquier opinión humana acerca de su valía. R.O.T.O.R. es R.O.T.O.R., y cuando te encuentre te matará. La simplista historia oficial nos dice que estamos ante una sinvergüenza explotación de los éxitos de Terminator y Robocop, sin más intención que sacar cuatro duros en el por aquel entonces pujante y psicotrónico mercado del VHS. La verdadera historia nos habla de un trabajo sin par del cine de arte y ensayo, demasiado vanguardista en su propuesta como para ser comprendida en su totalidad por un público desorientado a causa de la laca y las hombreras tan en boga por aquel entonces, y que es lo más parecido a lo que Tarkovsky hubiera grabado de haber decidido abrazar el género de robots homicidas. ¿Qué R.O.T.O.R. no tiene guión? ¿Que sus actuaciones son deplorables? ¿Sus líneas de diálogo absurdas? Evidentemente, pero el cine de David Lynch cumple muchos de esos requisitos y le caen premios a cascoporro. La verdad es que estamos ante una obra que sobrepasa el arte cinematográfico como lo hace con las leyes de la física, la mecánica y la cordura, rasgando el tejido de la realidad e instalándose en una especie de limbo cuántico. Sólo comprendiendo eso, además de consumiendo un montón de drogas alucinógenas, R.O.T.O.R. se alzará en todo su esplendor en vuestras adormiladas mentes. Futuros distópicos, viajes en el tiempo, robótica avanzada, acción, vaqueros, dilemas morales, karate… ARTE. ¿Estáis preparados?

Vamos a adentrarnos en la fascinante historia de la película. La cosa no puede comenzar mejor, con unos créditos que rezan asín:

TITULARES DEL DÍA: Asesinatos, violaciones, robos y estafas.

SOLUCIÓN DEL MAÑANA…   R.O.T.O.R.

                                                                                                                               Robotic

                                                                                                                               Officer

                                                                                                                               Tactical

                                                                                                                               Operation

                                                                                                                               Research 

Bien informados y ya con un incómodo presagio de inminente fatalidad nos adentramos en la trama propiamente dicha, que no es ninguna pero de alguna manera hay que llamarla. Ahí descubrimos a nuestro protagonista, un guaperas de los de antes que es a la vez cowboy de granja y brillante científico de la unidad de robótica policial. Que esto nunca ha existido pero mola la hostia. La peli empieza a lo grande (lo hace con un flashback molón, pero yo que soy del Teo va a la escuela me mareo con las complejidades de la narrativa post-moderna y lo haré sencillo), con todo un señor viaje en el tiempo por parte del Dr. Coldyron (es su nombre, y todo un juegaco de palabras entre Cold e Iron, Frío y Hierro para los damnificados por la LOGSE) al que le suena el despertador a las 5 de la mañana pero él se despierta a menos diez. ¿No me creéis? Pues tomad:

Fuente: zurcheva.wordpress.com

¿Inquietante, verdad? Pues nada comparado con su ritual vespertino, que se basa en empastillarse a base de bien en el desayuno (el señor Cullen Blaine no tiene a bien explicarnos el por qué, así que seguro que es una metáfora de esas profundas que siempre se me escapan), compartir el café con su caballo favorito y hacer volar tocones de la granja con unas cuerdas que explotan (parece ser que en un futuro cercano los explosivos son sustituidos por…ejem…cuerdas). Tras dedicar cuatro horas a esta serie de gilipolleces nuestro hombretón se dirige a su otro trabajo, pues es funcionario y antes de las nueve no ficha ni Dios.  Allí vemos en toda su magnitud el edificio del Laboratorio de Operaciones Tácticas, que tiene pinta de haber sido también cubil de ninjas, guarida de mafiosos y plató de cine porno en innumerables pelis de serie B que mi cascada memoria me impide recordar. Antes de entrar al lugar la voz en off del prota nos dice lo difícil que es para él a esas alturas distinguir a robots de humanos, lo que comprendemos entre muda compasión y nudos en el estómago al conocer a sus dos ayudantes:

Efectivamente, la diferencia es inapreciable, pues aunque uno es robótico (o algo así) y el otro es humano (o casi), ambos son profundamente imbéciles. Y los tres son las cabezas pensantes de un presupuesto millonario para ganar la batalla de la ley y el orden contra la delincuencia de las ciudades estadounidenses. Es en estos momentos cuando esa sensación de inminente tragedia se convierte en incómoda inquietud. Tranquilos, porque la trama es una huida hacia delante que nos depara uno de los grandes momentos de la película, la presentación en sociedad de R.O.T.O.R y sus capacidades en uno de los diálogos más absurdos y visionarios de la historia del cine. Os juro que al acabar escuché a Isaac Asimov aplaudir y vitorear desde su tumba. No se necesitan más de tres minutos para acumular frases épicas como las siguientes:

-¿Cuáles son sus pruebas con aleaciones desconocidas? ¿Existe alguna vibración de su técnica molecular que se pueda utilizar? (anticipándose unas cuantas décadas al posterior desarrollo de los materiales desconocidos)

 

Pregunta: El chasis… ¿Cómo puede funcionar sin engranajes ni motores? Quiero decir…bueno…yo nunca había visto nada así.

Respuesta: Este chasis de combate es de primera calidad, doctora. (que pareces tonta)

 

– Sólo Dios sabe qué es esta cosa, pero… ¿Qué es exactamente lo que tenemos entre manos? (alusión clara a la divinidad de nuestro protagonista y el carácter luciferino de R.O.T.O.R.)

¿No me creeis todavía? Lo sospechaba, así que tomad:

 

Escuchar ese brainstorming de futurismo tecnológico puede hacer que aparezcan los primeros síntomas de aneurisma en el espectador, pero hacerlo mientras se ve al esqueleto de R.O.T.O.R. bailar como Eva Nasarre aumenta un 99% las posibilidades de sufrir coma por descojone severo. Es en ese momento en el que la inquietud da paso al pavor, y ya no frena hasta acabar la película. A partir de ahí entran en juego tejemanejes políticos, corruptelas varias y la dimisión de Coldyron, pero como eso lo vemos a diario en el telediario pasamos al momento clave de la película, el despertar de R.O.T.O.R. al absorber accidentalmente las pilas de un walkman. Sí señores, crear un poli cibernético justifica la inversión de millones de dólares, pero el descubrir un mecanismo capaz de dar vida al Increible Hulk con placa durante unos 50 años con la energía de dos pilas es algo intrascendente. Como debe ser. Consciente de lo ridículo que sería un malo-marioneta hecho de metraquilato brillante bailando por la peli, nuestro director decidió emular el truco Terminator y dotarlo de un envoltorio humano, sólo que desechando la idea de contar con Schwarzeneger (sus dotes interpretativas no daban el nivel para una obra tan seria como ésta) decidieron hacerse con los servicios de todo un actor porno alemán de películas gayers, pues sólo el país teutón podía ofrecer algo como esto:

 

Despertando antes de tiempo y con las directivas básicas de “Juzgar y ejecutar“, el maléfico poli robot sale a combatir los grandes males de nuestra sociedad sin compasión, dando paso a una secuencia que es arte puro por lo metafórico de su esencia. Y es que antes de perseguir a asesinos, violadores o directores de banca nuestro engendro metálico identifica la raíz de toda nuestra desgracia existencial: las sillas plegables, esos demonios capaces de llevar la vida sedentaria, depravada y ociosa a todos los rincones del mundo. En una escena sólo comparable a la del cochecito de niño callendo por las escaleras de Odessa vemos absortos cómo R.O.T.O.R. aniquila a su paso una reunión de tan maléficos artefactos, haciendo que el (ahora) concienciado espectador vea el resto de la peli de pie. ¿Seguimos escépticos, eh? Pues tomad, descreídos:

 

Tras dejar clara su postura sobre el sedentarismo de la sociedad occidental el azote cibertrónico dirige su ira contra la otra rémora de nuestra civilización, el exceso de velocidad en las carreteras, y cual solución final de la DGT decide cagarse en los puntos de carnet y castigar las infracciones con muerte. Aquí vuelve a entrar Coldyron en juego, y pese a ser un científico-karateka-policía-cowboy duro de cojones comprende que no tiene nada que hacer contra el actor porno cyborg, por lo que pide la ayuda de la Dra. Steel, que además de ser la descubridora de la aleación desconocida de R.O.T.O.R. en sus ratos libres es camionera y campeona del mundo de lucha libre. ¿No, again? Insensatos:

De la interacción entre la Dra. Steel y el Dr.Coldyron salen otras de las líneas de diálogo imperdibles en la película, joyas de la dialéctica psicotrónica como las siguientes:

Para combatir la voluntad pura deberá utilizar la ilógica pura (Dra. Steel, sin olvidar la coca pura)

 

– ¿De verdad piensa que no lo podremos detener? (Coldyron)

– No lo sé. Cuando lo detengamos le contestaré (Steel)

A partir de aquí se suceden las persecuciones vertiginosas, combates épicos a guantazos y la final aniquilación de R.O.T.O.R. cuando su vibración molecular hace explotar las cuerdas revienta-tocones de nuestro prota (que suelte esto con total naturalidad me indica que lo mejor de mí murió en los sucesivos visionados de la peli), no sin antes dejar abiertas las puertas a una posible secuela que se rumorea  llegó a grabarse y la ONU envió al espacio como única medida ante el inminente Apocalipsis. 

En definitiva estamos ante un trabajo único, uno en el que la mierda se transforma en entretenimiento, la ciencia-ficción en comedia y el despropósito en arte sublime. R.O.T.O.R. cambió para siempre las reglas del juego cinematográfico, y todo lo que vino después de él, desde los remakes al renacer del 3D, sólo existen porque su excelencia robótica lo permite. Larga vida al rotorismo!!

 

Reseña invocada por CTHULHU.