CODE ORANGE KIDS – Love Is Love/Return To Dust (2012)

Encontrar bandas decentes y desconocidas es sencillo. Encontrar bandas distintas y originales, o, digamos, personales, ya es otra cosa. Encontrar gente cuya propuesta tenga atisbos de ser esencial, ya es una labor compleja. Yo tiendo a llevarla a cabo como aquel druida de “Asterix en Córcega” que, acompañado por su burro, cuando quería recoger muérdago se sentaba a sestear bajo el árbol y esperaba a que cayese. Por pura decantación, cuando uno curiosea aquí y allá y vive en los patios traseros de la cultura oficial, las cosas terminan por suceder. Uno se tropieza con grandes bandas igual que se encuentra a un tipo interesante en un bar: de puta casualidad –aunque hay que estar en el bar, claro-, sin esperarlo ni dejarlo de esperar y muy de cuando en cuando. Quizá es así como debe ser. Drenar el underground de manera sistemática, al menos, se me antoja en esta época un trabajo quimérico e inútil, y ya no quiero hacer pasar a mis oídos y a mi cerebro por una interminable línea de copias y réplicas, por eficaces que sean, por pulidas que estén, por brutalmente que resuenen.

Así las cosas, cada vez hablo menos de bandas nuevas, pero cuando lo hago mis crónicas reflejan un entusiasmo casi infantil: creo entonces, en efecto, que he encontrado un diamante del tamaño de un puño. En los últimos tiempos apenas me ha pasado tres o cuatro veces: Milk Music, Puffy Areolas, Pink Reason… Ayer mismo, en un arranque, apunté las bandas que se citaban en el Facebook de estos últimos, para ver que se cocía en ese entorno. Después buceé por ahí, siguiendo links, de sello en sello por las cloacas de occidente: al poco rato tuve que dejarlo, la lista de grupos desconocidos e interesantes ocupaba ya varias páginas, y sí, todos ellos sonaban bien, pero casi ninguno ofrecía nada que uno no hubiese catado antes con mejor textura y más sabor: Dead Girlfriends, Hue Blanc´s Joyless Ones, Animal Lover, Destruction Unit… buenos nombres tras los que se escondían bandas crudas, voluntariosas y eficaces. Necesarias, sin duda, pero en ningún caso tocadas por la gracia. Y buscamos la gracia, los críticos; somos así.

Es quizá por todo ello que me ha costado tiempo saber cómo aproximarme a los chicos del código naranja. Desde un principio me parecieron sobresalientes, pero, por no caer en el panegírico (a veces me asusta hacerlo, a veces no: yo soy el hombre que comparó a los Lüger con Jesucristo) fui retrasando la reseña hasta ese punto en el que uno ya no sabe si debe decir algo o callar. Ayer por fin me decidí y volví a escuchar dos o tres veces consecutivas el apabullante debut del jovencísimo cuarteto de Pittsburgh. Rondando los veinte, sus fotos parecen enternecedoras instantáneas de instituto, pero la condescendencia se le atraganta a uno en cuanto le estalla en la cara el primer trallazo, ese Flowermouth (The Leech) que ya vale por un disco entero, perfecta síntesis de lo que la angustia adolescente puede parir en su momentos de insana gloria. Indudablemente influenciados por bandas sobresalientes como Converge (Han grabado con su guitarrista, Kurt Ballou, en los God City Studios), su descuartizada furia linda por un lado con ese hardcore metalizado y cerebral, cortante, forzadamente imaginativo, moderno, clínico, pero, por otro –quizá precisamente por su juventud- muestran una saludable libertad animal, un nada despreciable flujo de caos, montaraz e irresistible. Apuntan, además, hacia una versatilidad interesante, con ocasionales pasajes -arroyos y afluentes, charcas- que están más cerca de bandas de la cuerda de Mogwai que de otra cosa, en su formulación británica (sí, ya sé que Mogwai son escoceses) al tiempo densa y evanescente, como se puede ver en las espirales de dolorido incienso que parece transpirar la muy sentida Colors.

Son personales, lo son, sí, o, mejor, están en busca de una personalidad que, aún no cuajada totalmente, promete ser productiva y libérrima. En el proceso, han parido un disco de debut que es un engendro punk de primerísima división, si entendemos el punk como actitud esencial, como el corazón que bombea la sangre, porque en lo musical, analizado técnicamente, hay muchas más cosas, incluso algunos pasajes de densa metalurgia (la reptante brutalidad procesional de Liars/the drudge, el más pesado desarrollo de la claustrofóbica Choices).

Quizá sea eso, el punk interior, la rapacidad vital, lo insobornable y emocionalmente puro, lo que me lleva a apreciar finalmente a unas bandas sobre otras. Milk Music son punk, pese a que su desgarbado rock americano de raíz urgente y neoludita pueda recordar a Neil Young aquí y a los Meat Puppets allá. Puffy Areolas son punk, también, en su duermevela encabronada y ciega de cazalla sobre la lápida de los Stooges más radicales. Pink Reason son redomadamente punk, sin duda, con su perfección erigida sobre el error, como el mismo nombre de su alma mater, Kevin Failure (Kevin Fracaso), da a entender… ¿Son punk los chavales del código naranja? Todo parece indicar que sí. “El Hardcore”, dice un reseñista en internet hablando de ellos, “es generalmente asunto de personas jóvenes. El Hardcore es virtualmente nada sin la rabia de los adolescentes que le sirve de combustible”. Sin negarlo, yo soy de los que piensa que hay cierto tipo de desagrado congénito muy positivo para la creatividad que, en contra de lo que se piensa, se demuestra más a la hora de crecer, cuando el aullido adolescente debe ser amparado con más cosas que la simple pasión biológica. Sea como sea, Love is Love/Return to Dust es una visión precozmente desabrida sobre el espíritu humano, montada sobre brutalidades sangrantes e inolvidables, como la citada Flowermouth o Around my neck/On my Head, que combinan la urgencia y la inocencia puramente juveniles con una ejecución que tira de espaldas por empaque, profesionalidad y estilo propio.

Cualidad extra a apuntar: considerados uno por uno, todos sus instrumentos poseen algo remarcable sin que por ello el conjunto se desestabilice. Puedo uno hablar de las líneas de bajo poderosísimas, o de las guitarras pesadas, flotantes con las que ocasionalmente cambian el ritmo de juego, o de las voces, alternadas, expresivas, en su justo de brutalidad, o de unas baterías que, compactas, están muy lejos del rodillo porque sí. Pero sin embargo no son una banda de cuya escucha uno emerja pensando en un instrumento concreto; uno emerge, más bien, descoyuntado por en el puñetazo en la jeta que le acaban de propinar; uno emerge boqueando, asfixiado casi, del pudridero de agua fecal existencial donde le acaban de sumergir la cabeza.

Habitan, angelitos, los Kids, en el lugar donde se encuentran lo físico y el alma, en la cicatriz. Así, el disco mismo es como una cicatriz, un vertedero de deseos traicionados, de inocencias a punto de perderse y de fiera mueca ante la vida que viene. El desafío de un corazón tempranamente repleto de gusanos que habla con las palabras que tiene, que encuentra, que conoce: “El amor se desvanece contra un cambio de color/La pérdida se agita contra el frío/arrancando trozos de mi piel decrépita/tan sólo para intentar darte calor”, dicen, o “Así que quizá me atiborre de estas píldoras contra la ansiedad/Para no tener que tragarme el sabor de la vida que se aleja a la deriva…”.

Habrá quien esboce una sonrisa ante esos dolores inevitables de una primera edad. Pero se les perdona. Primero porque, en efecto, están en la edad –y quizá los viejos debiéramos aprender algo de eso, o reaprenderlo-. Segundo por la grandeza con que lo exponen, a pecho descubierto y a grito pelado, dejándose las tripas. Tercero, porque -y esa sí es una de las mayores ventajas de la juventud- lo que sonaría pretencioso en boca de un cincuentón suena natural en boca de un cachorro salvaje y puro.

Yo, por mi parte, hacía tiempo que no encontraba una banda de Hardcore capaz de evocar en mí esa sensación de quemadura, ese recuerdo, cosido al paladar, de la época en la que para aguantar la vida aún me apagaba cigarrillos en los brazos. Esa pasión a la contra. Todo ese oscuro y lejano fulgor.

 

BUY IT!!! (Deathwish)

BANDCAMP

 

Reseña por Luis Boullosa.