DOGTOWN AND Z-BOYS de Stacy Peralta (2001)

 

 

Vamos a darle hoy un poco a la nostalgia, al menos para aquellos que como un servidor decidimos un buen día pasar del balón de fútbol y subirnos a una tabla de skate. La edad no perdona, al igual que el miedo a unas lesiones que no son las mismas que cuando era un zagal hecho de goma, pero sigo recordando con emoción cuando me subía a mi tabla e intentaba imitar los trucos imposibles de mis ídolos. Hablo de gigantes como Stacy Peralta, Tony Alva o Jay Adams, sin los que sería imposible imaginarse el deporte como es hoy día. Muchos siguen defendiendo el skate más como una forma de vida que como un deporte, y sin llegar a tanto y teniendo que reconocer que actualmente ha caido presa de las modas y las grandes marcas, se debe reconocer también que en su momento uno no podía analizar el skateboarding separándolo de los movimientos contraculturales y musicales que explotaron en EEUU en la década de los 70. Y qué cojones, que cuando un servidor vuelve a subirse sobre su maltratada tabla (pocas veces ya…), la sensación de paz, júbilo y libertad que lo invade no lo sienten ni una legión de imitadores de Messi.




Dogtown and Z-Boys es el debut tras la cámara de Stacy Peralta, ídolo del skateboard y que ya tenía cierta experiencia como director en el mundo televisivo desde 1992. Utilizando grabaciones de la época de Craig Stecyk (uno de los míticos propietarios de la tienda de surf y skate Zephyr) junto a entrevistas recientes a los principales protagonistas de aquel movimiento, Peralta moldeó un documental cuyas virtudes van más allá de el simple repaso al origen de un deporte, hundiendo sus raíces en la explosión de creatividad, rabia y descontento que sacudió a la población norteamericana de la época. Producido por la legendaria firma de ropa y zapatillas Vans, Dogtown And Z-Boys vendió más de un millón de DVD’s y casi la misma cifra de VHS’s, recibiendo además numerosos galardones, entre los que destacan el premio a mejor director de documental  y el premio del público a la mejor película documental en el Festival de Sundance.
 
 

El documental es hora y media de impactantes imágenes, entrevistas reveladoras y unas soberbias fotografías a cargo de Craig Stecyk (sobre este señor se podría hacer todo un post relativo a su influencia en el graffitti y el arte callejero), todo ello bajo la clarividente batuta de un Stacy Peralta que jugaba con la ventaja de haber sido uno de los principales protagonistas de aquellos acontecimientos. Sin embargo esto no resta ni un ápice de mérito a la labor de Peralta, pues es capaz de tomar la suficiente distancia y perspectiva (junto a unas dotes nada despreciables como director) para hacer del film un retrato claro, dinámico y apasionate de la época. A través de su mirada nos adentraremos en las peligrosas y decadentes calles del Venice Beach de los 70, dominadas por unos surfistas que nada tenían que ver con la imagen de pijos guaperas que se tiene de esos deportistas (la mayoría de veces con razón) y más con la de una peligrosa pandilla que defendía con uñas y dientes su territorio. De esas calles surgieron los Z-Boys, unos críos nucleados en torno a la tienda Zephyr y que rescataron un deporte que por aquel entonces era más un pasatiempo en la línea del hoola-hop. Pobres, melenudos, cabreados y jodidamente creativos, los Peralta, Adams, Alva, Sarlo y Cahill elevaron aquel deslizarse sobre cuatro ruedas a la categoría de arte, con unos movimientos mezcla de surf e improvisación que revolucionaron rápidamente el skateboard alcanzando su influencia todos los rincones de EEUU. Veremos también cómo aprovecharon la grave sequía californiana del 75 para allanar las propiedades de las clases pudientes y utilizar sus piscinas para patinar, dando origen a los acuales skateparks. Y también seremos testigos de como, sin quererlo ni esperarlo, esos chavales se convirtieron en estrellas, en estandartes de marcas prestigiosas (muchas de las cuales ayudaron a crear, como Powell-Peralta o Alva Skateboards) y viendo de la noche a la mañana sus cuentas bancarias crecer hasta cifras de seis ceros. Algunos lo llevaron con cabeza y lo utilizaron como plataforma para sus inquietudes artísticas, caso de Stacy Peralta; otros cayeron víctimas de la fama como Tony Alva, que abrazó la drogadicción y el alcoholismo; y uno de ellos, sólo uno, se negó en redondo a entrar en el circo del dinero, las portadas y la fama. Hablo de Jay Adams, el que como nadie encarnaba el espíritu de creatividad, imaginación y libertad con el que nació todo. El de infancia más dura, el que iba más allá independientemente de sus resultados, el alma del skateboard. Incapaz de abandonar las calles en las que creció, Adams fue un amante del posterior hardcore de la década de los 80, siendo su periplo un desafío constante: a la industria, la moda y las leyes (ha estado entre rejas por agresión y tráfico de drogas). Como lo definió Stecyk, él fue la «semilla original».

 
No quiero dejar la reseña sin comentar otros de los atractivos del documental. En primer lugar, aunque anecdótico, la presencia como narrador de Sean Penn, cuyo nombre ayudaría a vender el film más que a otra cosa (no porque lo haga mal, pero es una voz en off). Y en segundo lugar, y aquí si me quito el sombrero, por una banda sonora simplemente espectacular: Jimmy Hendrix, Neil Young, The Stooges, Pink Floyd, Massive Attack, Black Sabbath, Blue Öyster Cult, The Allman Brothers, Led Zeppelin, Buzzcocks, Thin Lizzy… Toda una orgía sonora que nos hará desear poder haber sido contemporáneos de aquella década maravillosa. Termino aquí recomendando fervientemente el visionado de este documental, tanto si se es amante del skate como si no, pues estamos ante una obra que late con el desenfreno y genialidad de una época irrepetible, cuyos ecos siguen resonando con fuerza hoy día.