EIGHT BELLS – Landless (2016)

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NotasWeb8,7

Eran estructuras de serena desolación construidas en la órbita de una estrella muerta

El Tsalal – Thomas Ligotti

Surgidos de las cenizas de la fabulosa banda de psicodelia SubArachnoid Space, y liderados por su guitarrista Melynda Jackson, Eight Bells nos regalaron con su Captain’s Daughter uno de los discos más fascinantes de 2013. Su propuesta, una hipnótica amalgama de Rock Progresivo, Psicodelia y Doom con pequeñas pinceladas de  Black Metal, les acercaba a bandas como SubRosa pero en una línea más expansiva, etérea y desolada. Tres años después regresa el trío de féminas (completan la banda la bajista Haley Westeiner y la batería Rae Amitay, esta última proveniente de los inclasificables Immortal Bird y ex de Woods Of Ypres) con Landless (2016, Battleground Records), disco con el que vienen a refrendar las expectativas generadas por su debut y que de nuevo vuelve a contar con el maestro Billy Anderson en las labores de producción. De momento sus virtudes ya han llamado la atención de los titanes Voivod, que las han elegido como teloneras en varias de las fechas de su reciente gira estadounidense, y que esperemos les brinde la oportunidad de mostrar el inmenso talento que atesoran.

Landless es un disco sobre la soledad de la existencia a través de una naúfraga perdida en el mar y que descubre que no hay hogar al que regresar, árida premisa que en manos de Eight Bells se convierte en una narración de una belleza doliente, melancólica, como lo son los vastos espacios sin límites del océano. Hay en el segundo disco de las estadounidenses anhelo por desdibujarse en un entorno del que fuimos separados al nacer por esa cosa que llamamos consciencia, y que nos convierte en dolientes islas rodeadas de de una belleza de la que sólo podremos formar parte al morir. Estamos frente a una obra que pule y magnifica el ya de por sí sobresaliente Captain’s Daughter, poseído por una preciosa languidez capaz de tragarte vivo y que nos retrotrae a las grandes bandas británicas de Doom de los 90, pero al mismo tiempo con la autoridad de despertarnos del letargo a través de esporádicas explosiones de furia blacker que nos recuerdan todo el dolor como la rabia de nuestra impotente condición humana. A pesar de ser una banda que se mueve en recorridos largos, Landless en un disco sorprendentemente conciso (no llega a los 40 minutos) y compactado en cinco temas que, sin embargo, nos harán perder la noción del tiempo en favor de una sensación de letargo espasmódico capaz de calarte el alma, y que va más allá de las jams sin rumbo o los trucos fáciles del Post-Rock de calma y clímax. Un gran ejemplo de ello es la colosal Landless, trece minutos de una belleza tan hipnótica como cruel y cuyo tramo final puede hacerte trizas el corazón redefiniendo el concepto de lo sublime a través de la dupla vocal compuesta por Melynda Jackson y Haley Westeiner, todo un clínic de manejo de las dinámicas que a su paso sólo deja sobrecogimiento y las últimas palabras “Darkness, Forth, Landless” grabadas a fuego en la mente del oyente. Hold My Breath es otro de los pilares sobre los que se erige la grandeza del álbum, pura catarsis a través del phobos donde de nuevo la ruptura de la calma (algo muy acertado cuando se trata de recrear la superficie oceánica) es la gran protagonista. Temas como Hating o Touch Me nos muestran la cara más etérea del trío de Portland, composiciones donde seducción y mantra hipnótico exploran las posibilidades de su improbable amor guiados por las angelicales (cuando así lo desean) voces de Jackson y Westeiner. No encontrarán los amigos de lo inmediato alimento para sus fugaces apetitos en Landless, pero todos aquellos dispuestos a descubrir el fascinante punto medio entre My Bloody Valentine y Neurosis quedarán prendados de la nueva obra de Eight Bells, un manjar para nuestra desesperanza.

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Landless colma todas las expectativas que teníamos en Eight Bells, que con su segundo trabajo moldean una propuesta tremendamente personal a caballo entre el Doom, la oscura Psicodelia y el Black Metal, pura alquimia existencialista con el que las estadounidenses llaman a las puertas de las grandes ligas y que sin lugar a dudas se erige como uno de los mejores discos de lo que llevamos de año.

Reseña invocada por CTHULHU.