FULL OF HELL – Weeping Choir (2019)

RELAPSE RECORDS // ART: MARK McCOY

Se suponía que iba a ser fantástico, pero es horrible.

KING MOB – Confesiones de Santa Claus

Hace unos días compartía una reflexión por redes sociales acerca de la reciente popularidad del extremismo sonoro entre ciertos sectores que hasta hace poco habían mostrado poco o nulo interés por el mismo. En dicha reflexión comentaba que las únicas propuestas que pasaban el «vanguardista» filtro de ciertas personas (generalmente asociadas al indie y esas nuevas tendencias que básicamente son refritos vulgares de glorias pasadas) tenían que cumplir algunos de estos dos requisitos: ser sofisticadas o ser trascendentes. De ahí el éxito de formaciones como Sunn O))), Oranssi Pazuzu, Wolves In The Throne Room o incluso el caos rudista de Portal entre las publicaciones «modernas» (ojo, son grandísimas bandas, pero ese no es el punto), incluso su participación en festivales que antaño jamás hubieran contado con bandas pertenecientes a la gran familia del terrorismo sonoro. Y tirando de ese hilo llegaba a la madre del cordero, la dicotomía entre sofisticación (lo trascendente puede ser muy básico, pero por su carácter expansivo se suele meter habitualmente en el mismo saco) y primarismo. La primera cualidad es digna de elogio, se alaba por sus cualidades compositivas y su gusto por tratar temas trascendentes que alcen el vuelo por encima de la realidad objetiva, ya sea abrazando el horror cósmico, la espiritualidad religiosa o la filosofía oscura. El primarismo, en cambio, se trata con esa mezcla de rechazo y condescendencia con el que la burguesía mira a las clases populares, y las críticas suelen ir en la línea de afirmar lo limitado y falto de recursos de propuestas a las que se anima a adoptar puntos de vista más «elevados». Porque el primarismo, al igual que la pertenencia a las clases populares, ya sabemos que son obstáculos a superar y no condiciones de las que sentirse orgulloso. 

Dos de los géneros que siempre suelen salir perdiendo por esta curiosa (por no decir ideológica) forma de entender la música son el Brutal Death Metal y el Grindcore, el primero por esgrimir una propuesta grotesca y confrontacional que se enrosca sobre sí misma, y el segundo por los inquebrantables vínculos que le unen con el Hardcore-Punk y su tratamiento anfetamínico de la agresividad. Ambos géneros, hay que añadir, comparten otro elemento. Que todo esto se la suda soberanamente. Y en estas que llegamos a Full Of Hell, cuarteto de Maryland que en menos de diez años y con más de veinte lanzamientos a sus espaldas (entre LP’s, EP’s, Splits y colaboraciones) se han convertido en uno de los grandes estandartes del primarismo intransigente y orgulloso de su condición, demostrando por el camino que a golpe de talento, furia y coherencia pueden colocar el Grindcore frente a cualquier propuesta «visionaria» que ose desafiarle. No contentos con haber trabajado junto a profetas del holocausto sonoro como Merzbow, The Body o Nails (casi nada), los estadounidenses han labrado una carrera donde la línea recta es el camino a seguir, montados en un vehículo que solo funciona con la quinta metida y el tubo de escape de un V8. Weeping Choir, su nuevo largo a través de Relapse Records, da una vuelta de tuerca a su sonido potenciando el «gordor» metálico y creando una atmósfera opresiva que le viene que ni pintada a su particular blitzkrieg contra el mundo. Recorriendo el mismo camino que otras bandas de Grindcore antes que ellos, así a bote pronto me vienen a la cabeza desde Napalm Death a Carcass pasando por Extreme Noise Terror, Full Of Hell han decidido incorporar elementos propios del Death Metal para enriquecer su paleta compositiva, aunque manteniendo el grueso de un ADN donde el Punk se sigue sintiendo como el principal motor de la banda. Esto último se erige como elemento muy importante, pues la evolución citada tiene no pocos detractores, que muchas veces (con razón) señalan la pérdida de identidad como una de las principales consecuencias de esos movimientos hacia terrenos de mayor complejidad y contundencia. Weeping Choir escapa de dicha problemática supeditando las nuevas incorporaciones a esa furibunda negrura que es ya marca de la casa y que convierte temas como «Haunted Arches», «Aria Of Jeweled Tears» o «Ygramul the Many» en auténticos crímenes contra la humanidad capaces de peinarte la raya a un lado. Catapultados a la estratosfera por un impresionante Dylan Walker que hace de su voz un instrumento más mientras escupe su oscura poética contra tu cara, la fórmula que utilizan los de Maryland para incorporar los nuevos elementos es pasar por ellos a tal velocidad que quedan siempre subordinados a su tiranía compositiva, ya se trate de Death Metal, Brutal Death (impagable la grotesca «Silmaril»), Noise o ese guiño al sonido guitarrero de Portal en la inicial «Burning Myrrh», algo que les acerca por momentos a otros maestros de la furia poliédrica como Anaal Nathrakh . Las colaboraciones del disco son también para quitarse el sombrero, como así atestigua la chirriante mano de Merzbow en la desquiciante «Rainbow Coil», la brutalidad de Paulo Paguntalan (vocalista de los experimentales Encenathrakh de Colin Marston y Mick Barr) en la citada «Silmaril», o la abracadabrante interpretación vocal de Kristin Hayter de Lengua Ignota en «Armory Of Obsidian Glass», de lejos el corte más largo del disco y en el que demuestran que cuando bajan de revoluciones también son capaces de triturarte el alma. La guinda al pastel la pone la producción del ubicuo Kurt Ballou, experto en estas lides y todo un maestro a la hora de maridar crudeza y contundencia metálica. Menos de media hora necesitan Full Of Hell para finiquitar uno de los discos más cabrones que te puedas echar a la cara, demostrando una vigencia y espíritu profético que ya quisieran para sí mismos la mayoría de propuestas pseudotrascendentes tan en boga hoy día. Porque el futuro ya no existe, se nos ha negado en pos de un presente en continua actualización al que solo se le puede combatir con fuego y furia intransigente.

Full Of Hell son el mejor ejemplo del maridaje entre primarismo y vanguardia, estandartes del terrorismo sonoro frente al mar de propuestas escapistas tan en boga hoy día y que con Weeping Choir nos muestran el mejor camino a seguir: reducirlo todo a cenizas.

NOTA: 9,75/10