FUNERAL MIST – Hekatomb (2018)

NORMA EVANGELIUM DIABOLI

Duró demasiado poco. Durará para siempre. Cambió el mundo. No cambió nada. Ardió con ese fuego efímero y total de las vanguardias.

Javier Calvo – Prólogo a Señores del Caos

Hubo una época en la que el Black Metal era de lejos el género más reconocible de cuantos nutrían la poderosa escena extrema internacional. Con una estética y sonido radicalmente definidos y alejados de manera consciente de cualquier compañero de viaje que se sentara a su lado, lucía con orgullo sus galones y su exótica procedencia nórdica, además de una actitud que por una vez no se quedaba en las proclamas y se lanzaba activamente a prenderle fuego al mundo, empezando por las iglesias católicas. Como última gran vanguardia en el Viejo Continente era evidente que aquello no podía perdurar en el tiempo. Era demasiado confrontacional, demasiado beligerante, demasiado puro. Y como muchas vanguardias que le antecedieron se convirtió en una parodia de sí misma, maniatada por las mismas inercias que juró destruir y reducida a una mera cadena de montaje que entregaba el mismo producto en cantidades abrumadoras, pues la chispa prendió por todo el planeta. 

Durante esa propagación, en la frontera del cambio de siglo, el virus mutó y en países como los Estados Unidos se fusionó con multitud de organismos foráneos, algunos del campo extremo y otros de la barricada enemiga (porque el Black Metal estaba en guerra con el mundo) dando lugar a numerosos experimentos, algunos fascinantes y otros, los más, meros pastiches para jóvenes indies de vacaciones en la selva. El género se volvió mucho más intrincado y opaco, si se quiere intelectual, abrazando tanto los rincones más polvorientos de la filosofía oscura como de sus vertientes más actuales. Él, que nació atacando a amigos y enemigos desde la retaguardia, se veía ahora clamando un lugar a la cabeza del movimiento. Y aunque mucho se conquistó en aquellos años, también se perdió algo muy importante, tal vez lo esencial. El fuego se había apagado.

HANS DANIEL ROSTÉN aka ARIOCH

Os estaréis preguntando por qué meto esta chapa nostálgica y restrospectiva. Pues porque aunque sé que aquellos tiempos no volverán, y en el fondo tampoco quiero que lo hagan, de vez en cuando sale un disco excepcional capaz de recordar la gloria perdida y poblar mi mente de imágenes en llamas. Uno de esos trabajos que te hacen sonreír ante todas las propuestas que intentan pervertir el Black Metal mezclándolo con el Post-Hardcore, el Post-Rock o cualquiera de los mil géneros estériles paridos por la parroquia indie. Y qué mejor si ese disco es el retorno por todo lo alto de Funeral Mist, el proyecto personal de un Arioch que ha sacado tiempo de sus labores como vocalista en los legendarios Marduk (allí bajo el alias Mortuus) para recordarnos que aquel monstruoso Salvation (2003, Norma Evangelium Diaboli) no fue un golpe de suerte. En Hekatomb (2018, Norma Evangelium Diaboli) se encuentra el señor Devo (bajista y productor de Marduk) en labores de grabación, pero también marca el fin de cualquier comparación que se pueda hacer entre ambos proyectos. Olvídate del fetichismo por la Segunda Guerra Mundial y los guiños a la estética fascista, esto es puro y furibundo Black Metal.

Hablando fino y utilizando lenguaje técnico, puedo afirmar que Hekatomb es la puta hostia. Una en tu cara, en la mía, y en la de todo aquel que ose darle al play a un disco compuesto con toda la intención de no coger un solo prisionero. Disparado a velocidades lumínicas, con unas guitarras como escalpelos y lleno de proclamas heréticas, el tercer largo de Funeral Mist es lo que ocurre cuando la ortodoxia es utilizada no como almohada sino como material con el que fabricar armas de destrucción masiva. O traducido, el disco que jamás escucharán esos fans del Black Metal con camisetas de Sonic Youth. Imposible no escuchar vendavales como “Shedding Skin” o “Within The Without” sin que te entren ganas de salir a la calle, gritar y acabar matando a golpes a tu propio padre. Estamos ante un disco que es el sucesor perfecto de Salvation, obviando el más transversal (y polémico) Maranatha para lanzarse a una huida hacia delante en pos de una gloria que aquí toma la forma de ídolos profanados, furia nórdica y la muerte del judeocristianismo. Como un profeta loco se muestra Arioch en la bestial “Hosanna”, vociferando “Y como nuestra canción que se levantará una vez más / Así lo harán los muertos / Así lo harán los muertos“, un tema que podría hablar perfectamente de lo que este disco supone como reivindicación del Black Metal de aquella maravillosa segunda ola escandinava. Sin duda uno de los momentos álgidos de Hekatomb, el tema citado tiene un perfecto acompañante en “Cockatrice” y su vendaval de tremolo pickings capaz de peinarte la raya a un lado, soberbio contendiente a mejor tema blacker del año y, por qué no, a banda sonora de un Apocalipsis que estaría a las puertas si todo el mundo tuviera a bien escuchar el disco a todo volumen. Que no caerá esa breva. El cierre con “Pallor Mortis” demuestra que Funeral Mist puede bajar de marcha, meter voces infantiles y seguir meándote en la cara porque lo hace desde varios metros de altura, mientras que tú no levantas un puto palmo del suelo. La producción sube unos cuantos puntos respecto a su debut, lo cual le da un mayor empaque si cabe y lo corona como lo que es, el mejor disco de Black Metal del año. Nada más que añadir.

El tercer largo de Funeral Mist es no solo el mejor disco de Black Metal del año, sino el ideal para golpear hasta la muerte a ese colega que mete a Darkthrone y Godspeed You! Black Emperor en la misma frase. Furia nórdica y ortodoxia intransigente contra el mundo moderno.

NOTA: 9,5/10