FURZE – The Presence… (2018)

Puedo convertir la Luna en una calavera. La Tierra en un tumor. Podría hacer que la lluvia del cielo se tornase roja hasta que cada gota de esa sangre acabase perteneciendo a las venas infectas de Dios…

Warren Ellis – The Authority

La nostalgia es muy poderosa, y en el caso de géneros ya agotados como el Rock tal vez lo único que queda para seguir adelante. A pesar de ello hay una línea divisoria muy clara entre todos aquellos que luchan por mantener vivo el legado y los que simplemente están para pasar por caja. Si hablamos del Metal Extremo nos encontramos con una dicotomía, pues si bien el grueso de su aportación quedó firmemente asentada en las décadas de los 80 y los 90, todavía afloran numerosas expresiones que siguen instaladas en la vanguardia, si es que en 2018 podemos seguir hablando de algo así. De ahí que surjan los inevitables, y estériles, debates entre los tradicionalistas y los que apuestan por las nuevas sendas tomadas por el género, a pesar de que las fronteras entre ambos posicionamientos no son tan nítidas como ambos fanáticos creen. Una de las fórmulas que mejor le funciona al primer grupo es la amalgama de géneros ya consolidados, y si bien Tom G.Warrior ya dijo la última palabra (o la más poderosa) en este campo, todavía sigue ofreciendo un terreno muy fértil para todos aquellos alquimistas de la tradición que osen adentrarse en dichas lides. Uno de esos exploradores es Woe J. Reaper, músico noruego que desde finales de los 90 lleva regalándonos pequeñas joyas transversales a través de su proyecto Furze y demostrando que no hace falta innovar para sonar fresco y, por qué no decirlo, relevante. Su última criatura lleva el nombre de The Presence… (2018, Polytriad Fingerprints), y es una apisonadora tan cruda como divertida.

Es imposible no enamorarte de un disco como The Presence…, ya que toca todas las teclas que funcionan en la psique de todo buen fan del Metal Extremo y si me apuran contiene incluso elementos que podrían hacerlo interesante para ciertos neófitos o abanderados de los nuevos tiempos (algún día hablaremos del desastre que ocurre cuando esos abanderados despotrican siendo neófitos, que también tiene tela el asunto). Y es que la manera en que el señor Reaper combina el Black Metal más crudo con Doom y una psicodelia proveniente de alguna oscura y maloliente letrina cósmica funciona de cojones, tanto que convierten el álbum en una de las experiencias más adictivas de lo que llevamos de año. The Doom suena a un cruce imposible entre Darkthrone y Acid Witch producido por Jabba The Hutt, y desde el principio enciende todas las alarmas anunciando que estamos ante un material realmente explosivo. A pesar de la crudeza blacker, los ecos ultraterrenos y la densidad, el sendero a la gloria de Furze se cimenta en unos riffs de guitarra simplemente excelsos y cuya poderosa sencillez nos habla del talento intuitivo del noruego para abrirse paso y destacar en el mar de copias que le rodean. Ahí están hits rompecervicales como Midnight Roar o Space Scars para demostrarlo, todo un festín de crudeza y efluvios intergalácticos ante los cuales es imposible no sonreír de puro gozo malsano. Bat Cobra hace un guiño gigantesco a los Celtic Frost más espartanos, ocho minutos pútridos y ciclópeos como una entidad lovecraftiana puesta de LSD y que en su arrancada te incrusta todos tus dientes en la garganta. Soul’s Fire tira de alma heavy con otro guitarreo genial y un trote aventurero que deviene en carga frontal mientras las dementes voces de Reaper emiten desde una galaxia en llamas, y tras la cual necesitarás el preciosismo acústico de Zaratrusta’s Overkill para recuperar el resuello. Cierra el atentado la mastodóntica Home In Hell, otro corte que bebe del legado de Tom G. Warrior y (también de nuevo) los infravalorados Acid Witch para devenir en apisonadora galáctica y cierre perfecto para un disco simplemente redondo.

Si metes en una coctelera el Black Metal más crudo, Doom, Psicodelia pútrida y riffs más grandes que cabezas de enano, el resultado es un disco como The Presence… Una gozada de álbum con el que Furze se reivindica como uno de los grandes nombres propios de 2018 demostrando por el camino que no hace falta inventar la rueda para quemar la carretera. 

Reseña invocada por CTHULHU.