KRALLICE – Ygg huur (2015)

 “Nadie compone aquello que ya es”

Giacinto Scelsi

Acostumbrados al buen ritmo creativo de los blackers vanguardistas Krallice, la espera de tres años para degustar su nuevo álbum indicaban que podíamos estar ante un período de reflexión y cambio en su propuesta, por otro lado una de las más revolucionarias dentro del espectro metálico del siglo XXI. Los neoyorquinos estiraron las posibilidades del tremolo picking guitarrero hasta límites insospechados, y encerrándolo en maratones de circularidad kraut arrastraban al oyente a un torbellino hipnótico que se asemejaba tangencialmente a la concepción oriental del sonido como vía hacia la trascendencia. Cercanos a las vanguardias sonoras del siglo XX, reestructuraron sus postulados para acomodar los arabescos técnicos con el ascetismo compositivo, y con ello reflejar de manera doliente las turbulencias inherentes a toda búsqueda de la verdad. Al igual que la mayoría de visionarios su propuesta nunca ha sido del todo comprendida, ni por una ortodoxia blacker cuya plantilla no encajaba en los transversales postulados de Krallice, ni por la vacuidad indie que intentaba llevarse a los estadounidenses al saco de mediocridades de temporada como Liturgy o Deafheaven

Ygg huur ha venido para marcar aún más distancias respecto a ambos mientras el cuarteto continúa marcando su propio camino, de la mano de no pocos cambios respecto a entregas anteriores. Rindiendo homenaje al poeta y compositor italiano Giacinto Scelsi, el álbum se titula como la suite de tres piezas para violoncello que el revolucionario artista compuso en 1961. Aristócrata de fuertes vínculos con la vanguardia artística de su momento, en su internamiento en una institución mental vio la luz a base de tocar una sola nota de piano durante toda su estancia, lo que le llevó a un acercamiento a la concepción oriental de la música, desechar los conceptos de autor y composición (se mantenía muy lejos de cámaras y periodistas, y consideraba que el artista era sólo un intermediario entre el plano terrenal y otro más elevado), y marcar toda una revolución por sus composiciones de una sola nota explotada desde múltiples ángulos (mediante variaciones de volumen, densidad, timbre, tempo…), paralelamente al trabajo de los estadounidenses La Monte Young y John Cage, padres del drone (entre otras muchas criaturas).

Con estas premisas nos enfrentamos al quinto trabajo de Krallice, donde dejan de lado los metrajes maratonianos y las ciclópeas composiciones para entregar su trabajo más conciso y enfocado, que al igual que la obra de Scelsi busca el alma encerrada en su propio cuerpo sonoro, una inmersión explosiva que es a la vez autoconocimiento y vuelo libre de toda cadena. Con un sonido crudo y descarnado como nunca (cortesía del genio multidisciplinar de su guitarrista y productor Colin Marston), los neoyorquinos consiguen llevar al mínimo común denominador su maelstrom de riffs fragmentados (a cargo del citado Marston y del mago Mick Barr) y unos cambios de tempo donde la dupla rítmica compuesta por el batería Lev Wenstein y el bajista Nicholas McMaster alcanza cotas de verdadero éxtasis demente. El sincronismo de todos los elementos en liza sigue siendo de una opacidad frustrante para el común de los mortales, y a pesar de la concreción con la que se muestran los “nuevos” Krallice (el álbum dura poco más de 35 minutos frente a álbumes anteriores como Dimensional Bleedthrough o Years Past Matter cuyos metrajes superaban la hora) la densidad de sus postulados ha aumentado de manera notable. Sin embargo la clave para desentrañar los misterios de Ygg hur radica en el abandono de la racionalidad analítica, el ir más allá de la mera fascinación por el intrincado oleaje sonoro que adorna su forma para lanzarnos al agua y dejarnos arrastrar al corazón de su propuesta, aunque hay que avisar que cortes como Irons (donde los cuatro instrumentos se desincronizan a placer) pueden hacer que el neófito muera pulverizado (o con un dolor de cabeza atroz) antes de llegar a meta. A través de los seis temas que componen el álbum Krallice deconstruyen la estructura compositiva del rock’n roll, fijando los riffs en un bucle epiléptico para dedicarse (al igual que Scelsi, pero cambiando el centro gravitatorio de la nota por el de la guitarra) a trabajar las variaciones de ritmo y tono, y mediante ese ritual alcanzar la Idea creadora. La gran diferencia frente a sus referentes vanguardistas, y lo que les hace diferentes y cercanos al universo blacker, es que ese trasfondo trascendente dista mucho de ser una revelación beatífica, una elevación espiritual, para devenir en un descenso a los infiernos. Tras el Velo de Maya sólo se encuentra el Apocalipsis, y la gran verdad puede que no sea más que la constatación de la muerte, y con ella la futilidad de toda existencia, transformando a Krallice en los más dañinos portavoces de nuestra tragedia. “No importa el qué, termina aquí/ conmigo llevando tu cuerpo al fuego”, proclama Mick Barr en la final Engram, resumiendo de forma excelsa ese negro corazón que late dentro de Ygg huur, y que tanto la banda como nosotros hemos descubierto en su trabajo más crudo, doliente y real.

Ygg huur desnuda el alma de los vanguardistas neoyorquinos Krallice conjugando concisión y densidad, pirotecnia y minimalismo, para lanzarnos al fuego donde muere todo, y donde arden también todos aquellos que no supieron, o no quisieron, comprender la propuesta de una de las bandas más fascinantes y visionarias del siglo XXI, capaces de actualizar y retorcer para sus propios fines el legado de revolucionarios como Scelsi, Cage o Glenn Branca. Siguen a otro nivel.

 

Reseña invocada por Cthulhu.