LIBROS: LA CONSPIRACIÓN CONTRA LA ESPECIE HUMANA de Thomas Ligotti

“El hombre es una Nada consciente de sí”

Julius Bahnsen – 1847

Con esta cita del filósofo alemán decimonónico abre Thomas Ligotti su estreno en el mundo del ensayo filosófico. Autor misterioso cuyas obras de horror sobrenatural le han valido las comparaciones con Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft, el de Detroit ha conocido la fama de la mano de True Detective, cuyo icónico personaje Rust Cohle basaba buena parte de sus parrafadas pesimistas en el texto que tenemos hoy entre manos (y cuyo final esperanzador es una traición en toda regla al mismo). Muchos esperábamos con ansia la edición en castellano de este texto maldito, y finalmente ha sido Valdemar a través de su colección Intempestivas la que ha llevado a cabo la labor, algo que no extraña ya que en el pasado también se encargó de la edición de Noctuario, excepcional recopilación de relatos del propio Ligotti. Se trata de uno de los libros más contundentes que servidor haya tenido el gusto de catar, mezcla de ensayo filosófico, ensayo literario y texto metaficcional cuyo objetivo es la demolición de ese estúpido e inamovible lema que reza “vivir está bien”. Con una seguridad más allá de la arrogancia y en poco más de 300 páginas el estadounidense dinamita los argumentos de todo optimismta que se le pone por delante, llevando su cruzada más allá y sacando los colores incluso a Nietzsche, Sartre, o el existencialismo estoicista de Unamuno. No es Thomas Ligotti un hombre de medias tintas ni acuerdos, y La Conspiración Contra La Especie Humana es el martillo con el que su pesimismo intransigente viene a destruir toda esperanza.

Estamos ante una obra dirigida a esa aplastante mayoría que recita el mantra de que “vivir está bien”, ya sea mediante un optimismo radiante, un pesimismo estoico o redentor (Unamuno) o a través del disfrute pervertido de ese abatimiento filosófico (Nietzsche). Para Ligotti estamos condenados a causa de un patinazo evolutivo, una macabra broma en la que la Naturaleza nos dotó de un exceso de consciencia, aislándonos de nuestro entorno y enfrentándonos sin armas a la existencia en un mundo que es “MALIGNAMENTE INÚTIL”. Sin un Dios ni la existencia de un plano sobrenatural nos enfrentamos pues a un efímero y ridículo transitar destinado a la nada, mientras que religiones modernas como la ciencia son incapaces (a pesar de sus esfuerzos) de despertar en nosotros la excitación por un cosmos que nos es hostil, y en última instancia tan inútil como cualquier otro elemento en el que fijemos la mirada a través de nuestro discurrir vital. Recogiendo el legado de Schopenhauer y del oscuro filósofo noruego Peter Wessel Zapffe, además de literatos como H.P. Lovecraft, Poe o Joseph Conrad,  y añadiendo sus propios talentos por el camino, Ligotti nos espolea con frases lapidarias y de una síntesis demoledora, alejadas de la opacidad de la que hacen gala los profesionales de la filosofía para justificar sus puestos académicos y ocultar la vacuidad de sus pensamientos. 

“La consciencia nos ha obligado a adoptar la postura de procurar no ser conscientes de lo que somos: pedazos de carne que se estropea sobre huesos que se desintegran” (p. 39)

Somos simples marionetas de lo natural, Pinochos cuya creencia en un falso yo nos anestesia de la futilidad de la existencia y nos aleja de una comprensión que de ser total nos lanzaría a un abismo depresivo. El afán de supervivencia, simple e instintivo en otros animales, en el hombre ha adquirido complejos y soterrados mecanismos que lo empujan irresistiblemente a replicarse a sí mismo hasta la eternidad, sin que en ningún momento se plantee la ética de arrancar de la no existencia a nuevos individuos. Desarrollando la línea de pensamiento de David Benatar, Ligotti extrae una simple reflexión: 

“Dado que alguna medida de sufrimiento es inevitable para todos los que han nacido, mientras que la ausencia de felicidad no afecta a aquellos que hubieran podido nacer pero no lo hicieron, la balanza se inclina a favor de no tener hijos. Por lo tanto, los procreadores infringen cualquier sistema concebible de moral y ética porque son culpables de hacer daño” (p.83)

Para completar esta idea acerca de la benevolencia de la existencia, nos convertimos en patéticos hedonistas en busca de una felicidad que por un lado sobredimensionamos y por otro nunca nos es suficiente, acicate pare seguir en movimiento y nunca mirar atrás en la carrera por la supervivencia y esa estupidez supina que llamamos “consecución de metas”. Necesitamos, no obstante, un filtro que nuble nuestra razón y nos encamine en la línea correcta, para lo cual la Naturaleza nos dotó de un sistema de emociones, además de un modelo a través del que recoger e incorporar los estímulos externos creando la falsa ilusión del Yo. Ligotti, apoyado en los estudios del neurofilósofo Thomas Metzinger, sostiene que “sería más exacto categorizarnos como sistemas de procesamiento de información para los que es conveniente en un sentido existencial crear la ilusión de “ser alguien”. La razón por la que no podemos ver esos modelos es que vemos a través de ellos, por lo que no podemos ver los procesos de los propios modelos” (p.133) De ahí se llega a un callejón sin salida, una paradoja: “no puedes saber lo que eres en realidad porque entonces sabrías que no hay nada que saber y nada para saberlo” (p.133).Si ese modelo nos da la falsa sensación de tener un yo, las emociones cortesía de nuestra psicofisiología nos empujan a sentir que la existencia es algo que merece ser vivido, inundándonos con estímulos positivos que, por otro lado y desde los estudios de Krafft-Ebing sobre las perversiones sexuales, sabemos que pueden hacer excitarnos con casi cualquier cosa. Lo contrario nos llevaría a una ausencia total de emociones o depresión clínica, que podría no ser el estado anómalo que nos venden sino uno donde la lucidez se abre paso hasta llegar a la verdad… de nuestra existencia en un cosmos MALIGNAMENTE INÚTIL.

“He visto bostezar al oscuro universo/ donde los negros planetas giran sin objeto,/ donde giran en medio de un sordo horror,/ sin conocimiento, sin gloria, sin nombre” – H.P. Lovecraft, Némesis.

“La evolución no es algo que se deba glorificar. Una forma […] de considerar la evolución biológica en nuestro planeta es como un proceso que ha creado un océano de sufrimiento y confusión en expansión donde antes no había ninguno” – Peter Wessel Zapffe (p.137)

Pero seguimos adelante, nos reproducimos y traemos nuevos individuos a la picadora de carne de la existencia, impulsados por la programación de la Naturaleza que nos obliga a seguir corriendo en la rueda, una Voluntad de Vivir atroz que ya desenmascarara Schopenhauer, el patito feo del existencialismo. Perseguimos, en palabras de Ligotti, un “nosotros sin fin”, ya sea mediante artificios como la religión, la ciencia o el transhumanismo, o bien mediante el método directo de engendrar nuevos individuos que vengan al mundo a sufrir, morir y a su vez continuar la cadena de despropósitos.

“La presión primordial para procrear es esta: para integrarse formalmente en la sociedad, uno debe ofrecer un sacrificio de sangre” (p.218)

¿Solución? Una muy sencilla y a la vez imposible, claramente expuesta por Zapffe en El Último Mesías (1933): “Conoceos a vosotros mismos: sed infértiles y dejad la Tierra en silencio tras vuestro paso”. Una conclusión demoledora que no obstante estaba enturbiada por las profundas convicciones ecológicas del pensador noruego, aspecto que Ligotti se apresura a cortar de cuajo, pues la Naturaleza es tan culpable por crearnos como nosotros de alargar esta existencia.

“Por atractivo que pueda ser un pacto de suicidio universal, ¿por qué tomar parte en él sólo para conservar este planeta, esta pálida bombilla en la negrura del espacio? La naturaleza nos produjo, o al menos subvencionó nuestra evolución. Se coló ilegalmente en un desierto inorgánico y montó un negocio. Lo que salió de ahí fue un asilo de pobres global con trabajo forzoso donde nada descansa nunca, donde la generación y el descarte de la vida ocurren incesantemente. Así pues, ¿en virtud de qué tiene derecho a ser absuelta de su pecado original, un delito capital a la inversa, del mismo modo que la reproducción le hace a uno cómplice necesario de la muerte de una persona?” (p.100)

No necesita Ligotti alcanzar las 300 páginas para moldear una de las obras de pesimismo filosófico más soberbias jamás escritas. Un mazazo a optimistas y pesimistas de medias tintas que supone uno de los pocos trabajos de fatalismo intransigente en la historia del pensamiento humano. A guardar junto a los grandes textos de Schopenhauer, Zapffe y Lovecraft.

 

Reseña invocada por CTHULHU.