LOS VIOLADORES (Mad Foxes) de Paul Grau (1981)

 

 
 
Vamos con una joya del cine bizarro y bestia que tanto furor causaba en la Europa de finales de los 70, con la curiosidad añadida de tratarse de una co-producción hispanosuiza. Si señores, en un ejercicio casi de autodestrucción nacional el país de la neutralidad y los relojes molones decidió inmolarse culturalmente arrimando el hombro con esa nueva potencia cinematográfica como era la España de la transición, siempre inquieta por deconstruir y llevar a nuevos límites de transgresión formal todo lo que tuviera que ver con tetas y kinkis. 

Hal va a pagar caro su pasión por el sexo barely-legal

Los Violadores nos cuenta la historia de Hal, un chulapo de los de antes, con pelazo estilo El Puma y deportivo que está a punto de desvirgar a una joven que acaba de cumplir los 18 años. Pero los placeres del amor se ven interrumpidos por una banda de motoristas que le hacen a uno debatirse durante toda la película entre la risa, el terror y la estupefacción más absoluta. Yo nací el año que estrenaron la película, así que no viví los años 80 con mis facultades mentales desarrolladas (si se desarrollaron posteriormente es algo que todavía me pregunto), pero dudo mucho que jamás haya existido en el planeta una pandilla como la que trae de cabeza al protagonista. Y es que no contento con poner de malotes a un grupo de rudos motoristas (hasta aquí bien), ese terrorista metido a cineasta que era Paul Grau decidió combinar las clásicos rasgos pendencieros de la tribu con un atributo que convierte a todo villano de segunda en leyenda. Sí, los convirtió en moteros nazis, un concepto que hubiera hecho orinarse en los pantalones a Roosvelt, Churchill y Stalin. O no. Preso de una catársis creativa como el mundo del arte jamás haya visto, el director fue un paso más allá y sustituyó las tan manidas y poco efectistas Harley-Davidson por unas todopoderosas motocicletas camperas, un guiño a los aficionados españoles de la no-velocidad y que valían igual para causar el terror ciudadano que para internarse en el agro levantino y robar unas naranjas.

Esto era un quinteto aterrador y no el de los Boston Celtics

Nuestro protagonista, anonadado por tan sorprendente enemigo (y pensando más en hacerle la Caida de Roma a la virginal princesa), se rie de ellos y les hace morder el polvo con su psicotrónico deportivo. Craso error, porque en venganza las SS motorizadas le arrean una somanta de hostias considerable y violan a la chica delante de sus ojos. El Holocausto ha comenzado…


Ante tal afrenta a su honor, Hal decide invocar la ayuda de unos amigos karatekas (enemigos ancestrales del nacionalsocialismo) para saldar cuentas y demostrar que Barcelona (porque la peli está rodada allí) es tierra de artes marciales y chulapos, y no hay cabida para la maldad en ella. La batalla consiguiente es un maelstrom de acción chabacana, con unas coreografías dignas de una pelea entre hemipléjicos, con castración al líder nazi incluida. El Holocausto se desata…

¿Tigre y Dragón? Ja!

Y es que nuestro inocente playboy no sabe la que acaba de liar, desatando la furia nazaria y vengativa de la Wermacht catalana. Sin desgranar aún más la peli (aunque da igual, la historia no es de Agatha Christie que digamos), diré que los karatekas pagan cara su afrenta al III Reich, así como los padres, jardineros y personal de servicio de nuestro héroe, al que mejor le hubiera ido emigrando a Namibia. Pero como toda película de estas características debe basarse en rígidos preceptos morales, al final Hal se cabrea y decide agarrar el toro por los cuernos (además de una escopeta) y perseguir despiadadamente a los moteros, demostrando a los niños y niñas de la época el poder benigno y purificador de la violencia.

Nazis y sadomasoquismo, otro concepto ganador

Resumiendo, tenemos una película de culto en la mejor línea del arte y ensayo europeo, y que contiene algunos de los elementos que más grandes han hecho al séptimo arte: héroe guaperas, guiños gore, tetas, porno softcore, karatekas, moteros nazis y una banda sonora a cargo de los míticos Krokus!!. Si el presupuesto no se hubiera esfumado en alquilar el deportivo y se hubieran podido añadir zombies y algún ninja, estaríamos hablando de Paul Grau como el Sergei Eisenstein de la era moderna. O más. Sobra decirlo, pero CLÁSICO INSTANTÁNEO!!!