NIHILL – Verderf (2014)

Era poco probable que los ojos de los contemporáneos descubrieran en la felicidad pública las causas latentes de la decadencia y la corrupción…

Edward Gibbon – Decadencia y Caída del Imperio Romano (1776/1788)

Tras un año ajetreado encaramos el final intentando mencionar las obras más destacadas del mismo, cosa nada fácil pues tenemos una lista de pendientes bastante difícil de cubrir en su totalidad. Lo que servidor sí tenía claro es que el cuarto largo de los holandeses Nihill tenía que ser comentado, aunque fuera como una temblorosa nota al pie de la web. Conocidos principalmente por su antecesor trabajo, el impresionante Verdonkermaan, y por el hecho de haberlo editado a través del nada extremo sello Hydra Head, Nihill se movieron entre las sombras y el anonimato hasta que el año pasado decidieron dar su primer concierto en el mejor de los escenarios posibles, el Roadburn de su país. Una puesta en escena opaca, envuelta en brumas, y uno de los despliegues de terrorismo blacker más intensos que jamás se hayan desplegado en la cita de Tilburg les convirtieron en algo más que un rumor para transformarlos en los voceros de la ruina y la decadencia, antesala de lo que estaba aún por llegar. Y es que Verderf (2014, Burning World Records) nos muestra al trío (cuyos miembros militan también en perversos actos como Dodecahedron o Terzij de Horde) en su máximo esplendor dañino, reconciliada ya su vertiente más experimental con las raíces de un género al que bandas como la suya están dotando de una nueva juventud.

Si el Metal Industrial fue el mejor representante de la podredumbre mecanizada de la existencia occidental durante los años 80 e incluso parte de los 90, parece que el nuevo siglo ha encontrado un nuevo vocero para sus miserias, ese horror vacui tecnológico con el que seguimos intentando llenar el desierto de nuestro transcurrir vital. Las rítmicas machaconas de antaño, ideales para retratar el marchar de aquel mundo aún lo suficientemente industrial como para dictar nuestros biorritmos y ensuciar de hollín nuestras miserables esperanzas, gradualmente dio paso a sonoridades más extremas, cópulas imposibles donde restos de aquel Industrial se encontraban con el Noise electrónico, el renacer del Drone y las abrasiones provenientes de subgéneros metálicos como el Black Metal o el Grindcore. Sin lugar para el reposo ni el descanso, susodichos experimentos suponían una lija sobre nuestros centros nerviosos, collages anárquicos más allá de los habituales pastiches postmodernistas y cuya enmienda era a la totalidad de nuestros discursos, visiones o maneras de interpretar la realidad. El error es nuestra existencia, y por lo tanto todo derivado un aborto al que arrojar a la basura. Ni Baudrillard, ni Derrida, ni mucho menos Warhol o De Kooning. Si acaso Peter Wessel Zapffe (por lo cronológico), pero desvestido de su mesianismo vegetariano y convertido en un furibundo heraldo del Apocalipsis. 

 

 

Verderf viene a profundizar en esta senda como un cuchillo oxidado lo haría en una herida ya infectada. Sin miramientos e inflingiendo el máximo dolor, única manera de despertar, aunque sea un poco, nuestros comatosos solares cerebrales saturados de información etérea y mutante pero sin un sólo gramo de materia sólida a la que aferrarnos más allá de una pálida noción de autoconsciencia. Somos el espíritu de Calígula, de Heliogábalo, de la corte de Luis XVI. Somos decadencia, y durante casi una hora Nihill nos lo escupirán con rabia en la cara. Medios tiempos demoledores, lija noise, cadencias industriales, opresión, y frío… mucho frío, reflejo de la poca consideración que merecemos para el trío holandés y de la sensación térmica que realmente hace en ese desierto nocturno en el que habita nuestro yo más allá de los delgados velos de la interacción social, los tweets y «me gusta» con que alimentamos las raquíticas entrañas de nuestra existencia. En muchos aspectos me recuerdan Nihill a los Tryptikon de Tom G. Warrior, y aunque en coordenadas estilísticas y cronológicas (por aquello de ser Warrior un compositor inmortal, pero eminentemente ochentero) diferentes, los holandeses muestran la misma capacidad que el genio suizo a la hora de moverse por tempos y subgéneros hasta alcanzar el corazón del extremismo sonoro de su época. Así cortes como Carrion Eaters o la salvaje Wielding The Scythe (ésta última haciendo honor a su nombre) muestran al combo en su faceta blacker más abrasiva, con la quinta marcha puesta y el machete entre los dientes, pura furia nihilista que hará las delicias hasta de los fans más puristas del género. Sin embargo es en su combinación con temas de la talla de Kolos donde el álbum empieza a cobrar entidad propia y la propuesta de Nihill a tornarse fascinante. Es el tema mencionado una hipnótica composición a medio tiempo, donde el primarismo y las cadencias industriales se amalgaman con la abrasividad sludge pudiendo recordar a los Celtic Frost del Monotheist e invocando (aquí si) de manera más directa esa conexión con Tom G.Warrior. Spirituum se mueve por esta misma senda, abocando en otra singularidad cósmica de voraz negrura a golpe de Black/Doom Metal, y que sirve de genial contrapeso a sus compañeras de viaje hipervitaminadas, recesos para ahondar en el daño inflingido por éstas y transportarte a nuevos planos de opresiva desesperación. Los once minutos de Engorged nos escupen la cara más industrial del combo, un infierno de sonoridades dementes emitidas desde amplificadores rotos y posesos, y donde susurros provenientes de la mismísma emisora del Averno nos invitan a adentrarnos y abrazar la demencia que rige el Universo. Así, cuando el telón baja con la poderosa Ossarium, tan sólo nos queda dar el resto en tamaña huida hacia adelante y, haciendo honor al título de la canción, alojar nuestros desechos huesos de nuevo en ese recipiente muerto que es nuestra existencia, uniéndonos al coro de osarios en que ha devenido el siglo XXI.

Verderf supone un paso más en la impresionante carrera de los holandeses Nihill, uno donde el experimentalismo industrial y el Black Metal Old School invitan al Sludge, el Doom y el Noise a la fiesta para escupirnos pura bilis y furibundo nihilismo. Que por el camino hayan vomitado uno de los discos del año no es más que una nota a pie de página, el menor de los logros de un disco que como pocos es capaz de desatar toda la misantropía que el Metal Extremo puede ofrecer. Y que nosotros merecemos.

 

Reseña invocada por CTHULHU.