ROBOT JOX de Stuart Gordon (1990)

 

 
 
Hoy visita El Rincón Psicotrónico una de las pelis de las que mejor recuerdo guardo, parte esencial de esa infancia en la que uno bajaba al videoclub a saquear todo producto que tuviera que ver con ninjas, zombies o, como el caso que nos ocupa, robots. Y para mayor regocijo, robots gigantes, un concepto que convertía a esta película en un clásico instantáneo, incluso antes de haberla visto. Robot Jox está dirigida por el gran Stuart Gordon, autor de clásicos del cine de terror como Re-Animator (1985) y From Beyond (1986), probablemente las dos mejores adaptaciones que jamás se hayan hecho del universo literario de H.P. Lovecraft. Ambos films salieron de la mítica Empire Pictures, de la que el orondo director era su niña bonita. De ahí que cuando decidieron gastarse la importante cifra (para la época y la productora) de 10 millones de dólares en una peli de monstruosas máquinas de combate, pensaran en su artista más rentable. El resultado: no fueron a ver Robot Jox ni los familiares del reparto, y el agujero económico fue tan grande que se llevó consigo a la mismísima Empire Pictures. Con dos cojones, Stuart.



El Lada Niva demostrando su superioridad sobre el Mitsubishi Pajero

Os preguntaréis, y no sin razón, cuál es la causa de que destaque esta película habida cuenta de sus desastrosos resultados. Añadiré que esos resultados son más que merecidos, porque Robot Jox es un truño muy gordo. Pero al mismo tiempo es una película divertida, entrañable y siempre caminando entre la fina línea que separa la serie B de la peste fílmica. Lo primero que mola es su argumento: un futuro que ha sobrevivido a duras penas a la III Guerra Mundial y en el que las superpotencias dirimen sus disputas territoriales a través de peleas entre robots gigantes. Vamos, la utopía política de cualquier friki. Lo segundo que mola son los efectos especiales, pura stop motion que ya estaba desfasada en 1990 pero que siempre molará a ojos del buen amante de lo añejo, cortesía del mítico artesano David W. Allen

Nuestro prota en pleno maelstrom interpretativo

Como comentaba en nuestro futuro las dos potencias que quedan (os podéis hacer una idea de cuales) se reparten los territorios mediante combates entre sus mejores robots asesinos, bestias metálicas de cientos de metros de altura dirigidas por intrépidos pilotos. Nuestro prota, Aquiles (american hero), es el mejor de todos a lomos de su super-robot de factura nipona. Su némesis, Alexander (soviético pérfido y cabrón), es un malvado hijo de perra que pilota una máquina de matar fea y robusta como un Lada Niva. Las peleas, más allá de unos cuantos misilazos, se deciden con el antiguo y noble arte del intercambio de guantazos. Los escenarios elegidos para los combates suelen ser parajes desérticos en los que las invenciones robóticas se despachen agusto sin miedo a herir a nadie, y a su alrededor se ponen gradas gigantes con miles de espectadores para que un accidente pueda herir al máximo de gente posible. Si Stuart Gordon no vio la necesidad de explicar esta paradoja, no me miréis a mí. 

A punto de señalar un claro fuera de juego

Entre medias tenemos intrigas, sabotajes, amor y toda una serie de conceptos que a nadie importarán porque lo esencial se dirime sobre la arena, con el lenguaje de los puños robóticos, los lásers y lanzallamas. No os voy a engañar: Robot Jox es una mierda, pero hay que reconocerle su valentía (nadie había tenido los huevos de atreverse con la inversión necesaria para esto) y el entrañable entretenimiento que ofrece. Sólo por eso merece toda mi aprobación y entusiasta aplauso robótico!