SANTA CLAUS CONQUISTA A LOS MARCIANOS de Nicholas Webster (1964)

 


Hoy he decidido hilar fino en la selección de El Rincón Psicotrónico, decidiéndome por una película dirigida a ese pequeño reducto de coprófagos cinematográficos que componen la verdadera élite cultural del planeta. Nosotros. Y qué mejor que con esta legendaria ponzoña navideña perpetrada por un tal Nicholas Webster (no me he atrevido a indagar en su filmografía, con una es suficiente…), allá por la feliz y empapada de ácido década de los 60. Situada en la prestigiosa lista de peores películas de la historia según IMDb, los usuarios le otorgan un fantástico 2,3 de nota media, que son 15 puntos más de los que yo le daría. 

Lo primero que hay que aclarar es que el título puede inducir a engaños. Es decir, que no penséis (que nos conocemos) que esto es una serie Z post-apocalíptica con un Santa deconstruido en máquina de matar ciber-punk colonizando a sangre y fuego a una raza de marcianos sodomitas. Eso es lo que tú y yo grabaríamos, pero eran los 60 y Nicholas Webster parece que quería dar la campanada perpetrando este aborto dirigido a los infantes estadounidenses. Viendo el éxito que tuvo la cinta bien podía haber optado por los marcianos sodomitas, porque sobra decir que esta película no se atrevió a verla ni él.  

Cuando ríen da más miedo…



El argumento, porque de alguna manera hay que llamarlo, arranca con unos marcianos preocupadísimos porque su patética simiente se pasa el día embobada viendo los programas de televisión terráqueos, concretamente el canal NIÑO (el guionista tuvo un colapso tras el parto de esta ideaca tan original). En vez de devolverles la ilusión empapándoles de drogas y porno (que es lo que un servidor haría), los gilipollas verdes deciden raptar al Santa Claus de la Coca-Cola (es el mismo actor, John Call) para que sus pequeños bastardos vuelvan a sonreir, llevándose de propina a dos insufribles niños terrícolas. Pero claro, los nacionalsocialistas marcianos, muy recelosos de todo lo que tenga que ver con la alianza de civilizaciones, se agarran un cabreo de tres pares de narices al ver tres simios deambular por su pútrido planeta, planeando una terrible (léase patética) venganza ante tamaña afrenta a la pureza verde de su sangre. Que Santa Claus no tiene pene (seguro que no) y que los niños de los 60 no tenían líbido (si pasara hoy en dos días estaban preñadas la mitad de las niñas marcianas a ritmo de reggetón) es algo que nadie les explica, pero no le pidamos tres pies al gato a esta ponzoña. Los diálogos son un maelstrom de absurdeces edulcoradas, humor zafio y frases capaces de hacer llorar al niño Jesús, entremezcladas con alusiones a avanzadísimos aparatos marcianos que básicamente son bombillas del chino que se encienden y apagan sin parar. Mención aparte merece la máquina de regalos que le fabrican los extraterrestres a Santa, y por la que sólo salen 6 tipos de regalos: pelotas, bates de béisbol, muñecas, coches, trenes y herramientas. Seguro que los niños de Burundi estarían infinitamente agradecidos de recibir una llave inglesa del 6 por Navidad. 

Marciano mexicano y su temible secador-atomizador


En el aspecto técnico se podría decir que fue grabado con unas cámaras y callar ahí, porque una mayor profundización podría llevar a la pérdida total de la cordura. Sin embargo es imposible no mencionar la labor titánica que se llevó a cabo en materia de decorados y vestuario. Respecto a los primeros, decir que habrían hecho llorar de vergüenza al mismísimo Astraco, porque esto no llega al nivel ni del peor episodio de Los Mundos De Yupi (y mira que estamos volando bajo…). Os podría decir que estamos ante un trabajo cumbre de minimalismo vanguardista o frente a un ejercicio soberbio de surrealismo naif, pero os estaría engañando. Es una puta mierda y punto. El todopoderoso robot marciano lo podría haber superado cualquier clase de pretecnología de 2º de la ESO (que si, incluso de la ESO), pero se queda en nada comparado con el primer oso polar (con hombre dentro) que camina de rodillas. Respecto al vestuario, los grandes triunfadores de la función son unos marcianos embutidos en trajes paqueteros de buzo robados en el Decathlon, las caras mal embadurnadas de pintura verde y purpurina y unos inenarrables cascos antenizados capaces de desgarrarte las córneas al primer visionado de los mismos… Al lado de esto Ed Wood era un genio de la artesanía escénica.

Toma robotaco!



Y pese a toda esta mugre, a todo el dolor visual y sus infinitos 80 minutos de metraje, he de reconocer que Santa Claus Conquers The Martians es una mierda entrañable en su atrocidad, y que visionada con cuidado (es decir, a pequeños sorbos y con drogas) os brindará no pocas carcajadas y estatus social entre los amigos a los que sometáis a su terrible influjo. Clásico de culto instantáneo e imprescindible en todo archivo ponzoñoso que se precie.