SHOSTAKOVICH AGAINST STALIN: THE WAR SYMPHONIES de Larry Weinstein (1997)

 

 
 
Cambiamos de tercio musical para adentrarnos en uno de los documentales que más me han tocado la fibra de todos cuantos he visto, algo en parte debido a mi profundo amor por la obra de Dmitri Shostakovich, probablemente el último gran compositor que haya dado la música clásica. A través de la dura vida del genio soviético, de su música, nos adentraremos en los oscuros años de la terrorífica represión estalinista, donde el «Gran Líder» se afanó por enterrar la mayoría de las conquistas de Octubre, incluidos los principales partícipes de la misma. Uno de sus actos más terribles, además de acabar con la vida de 30 millones de personas en los campos de concentración, fue aplastar a toda la generación de artistas surgidos al calor de la Revolución y que asombraron al mundo entero por su talento e ideas novedosas, caso de Kandinski, Maiakovski, Malévich o Tatlin. Precursores de corrientes como la abstracción o el constructivismo, fueron arrollados por esa monstruosidad que respondía al nombre de «realismo socialista», y que no era otra cosa que encadenar el arte para mayor gloria de la burocracia soviética. Lejos, muy lejos, de los ideales que alumbraron la mayor revolución del siglo XX…

Shostakovich, más joven que los artistas anteriormente citados, creció prácticamente bajo gobierno soviético, y aunque no participó de la Revolución de Octubre sus simpatías por la misma y sus logros eran muy grandes, pero siempre desde un segundo plano ya que siempre sintió cierto desapego respecto a la política (cada vez mayor según la burocracia soviética iba creciendo en poder y despotismo). Su amistad con Tujachevski, Mariscal del Ejército Rojo y mano derecha de León Trotsky (además de precursor de la Guerra Relámpago utilizada por los alemanes en la II Guerra Mundial, toda una ironía), le puso en el punto de mira de la represión en los años de las Grandes Purgas, y tan sólo el tremendo apoyo que su música cosechaba entre el pueblo le salvó de morir en los helados campos de Siberia. Eso y que el agente encargado de ajusticiarle fue purgado un día antes de que Dmitri se presentara en las dependencias de la KGB, lo que habla de la absoluta sinrazón de aquellos pavorosos años. 



El documental arranca en aquellos funestos días, y a través de entrevistas con familiares, amigos, y supervivientes de la época se va trazando el perfil de un artista apasionado, optimista y genial que tuvo que enfrentar su música a las críticas despiadadas de una burocracia incapaz de comprender su visión revolucionaria de la composición clásica. La conducción musical del documental cae en manos de Valery Gergiev y la Netherlands Radio Philharmonic, trasladando a la perfección las maravillosas sinfonías (de la Cuarta a la Novena) que Shostakovich compuso en su velado combate contra Stalin. En el caso de la Cuarta, una enorme sinfonía de más de una hora y con unos requerimientos de tamaño de orquesta gigantescos, no fue interpretada hasta 1961 (tres décadas después) en parte por deseos del propio autor, consciente de que si veía la luz podía significar la sentencia de muerte para él y su familia. Se trata de una composición con la marca ineludible de Shostakovich, tremendamente perturbadora y llena de atonalidad y atmósferas oscuras, toda una visión profética de lo que estaba por llegar. Para muchos es la gran obra del soviético (él incluido), pero sinceramente veo muy complicado decantarse por una sola de sus sinfonías. Otro de los puntos álgidos del documental es la parte concerniente al sitio alemán de Leningrado, ideado personalmente por Hitler y que tenía el objetivo de doblegar la ciudad matándola de hambre y frío. Dos años de cerco en el que murieron casi millón y medio de habitantes y que llegó a ocasionar actos desesperados de canibalismo, pero que no consiguió doblegar a los habitantes de la metrópoli. En 1941, entre el ruido de obuses y las explosiones, una orquesta mermada por las muertes interpretó ante una Filarmónica abarrotada de famélicos, harapientos pero orgullosos trabajadores su famosa Séptima Sinfonía (también llamada Leningrado), todo un símbolo mundial de la resistencia frente a la barbarie nazi. Impresionante escuchar los testimonios de los supervivientes, su comunión con la música y el sentimiento de que aunque al terminar cayera una bomba que los matase a todos, hubiera merecido la pena tan sólo por haber tenido la oportunidad de escuchar aquella obra. Pocos músicos han recibido un halago mayor en la Historia. La Octava Sinfonía, compuesta cuando la URSS estaba a punto de derrotar a la Alemania nazi, cayó como un jarro de agua fría entre una burocracia que pensaba había llevado a Shostakovich a su redil. Mezcla de alegría forzada y augurios ominosos, hablaba del temor del compositor a que tras la guerra se volviera a las purgas de los años 30, con una clase dirigente aún más poderosa tras ponerse los galones de «salvadores» de la patria (los verdaderos fueron los más de 20 millones de anónimos rusos que dejaron las vidas en las trincheras). Aún mayor fue el impacto de su Novena, pues al igual que Beethoven o Mahler (su gran influencia) los burócratas esperaban la «gran sinfonía», evidentemente dedicada a mayor gloria de la URSS y sus líderes. El resultado fue el Shostakovich más mordaz, sarcástico e hiriente, toda una burla tanto al Kremlin como a los compositores occidentales, que hoy día está considerada una de sus grandes obras. 


Todo un ejemplo de que a pesar de que se intente estrangular o utilizarlo para tal o cual causa, el arte sólo alcanza su esplendor cuando es libre, porque nace del corazón, de las entrañas, y nunca del frío cálculo. Y, como Shostakovich, siempre habrá artistas valientes que desafíen las cadenas y la barbarie, en este caso con el latir de toda una nación entre notas musicales.