CLÁSICOS BÁSICOS: SLINT – Spiderland (1991)

 




Corría 1991… Slint ya había avisado de sus intenciones con el irregular Tweez dos años antes, un disco producido por Steve Albini y que aunque adolecía de claridad de ideas y cohesión, apuntaba el carácter rompedor de una banda que no estaba hecha para amoldarse a ninguna etiqueta. Provenientes de las cenizas de Squirrel Bait, banda crucial en el devenir del post-hardcore (y de los que seguro hablaré en esta sección otro día), el cuarteto de Kentucky compensaba su edad (eran estudiantes todavía) con una visión de la música que aún a día de hoy, 21 años después, sigue sonando rompedora y visionaria. La grabación de Spiderland no contó con Steve Albini como productor (para la ocasión eligieron a Brian Paulson, amigo de Albini y que posteriormente produciría a bandas como Wilco, Dinosaur Jr. o Beck), pero sí como un defensor acérrimo de un trabajo que en su día recibió críticas negativas fruto de la incomprensión más absoluta, aunque habría que decir que en general Spiderland pasó desapercibido en un año espectacular en el que los focos apuntaban hacia el Black Album de Metallica, los faraónicos Use Your Illusion de Guns’n Roses, el Blood Sugar Sex Magic de Red Hot Chili Peppers o la explosión del grunge con trabajos como Nevermind, Ten o Badmotorfinger. No se equivocaba Albini, porque con el paso del tiempo, aunque Spiderland no haya gozado del éxito de los discos anteriormente citados, sí supuso la primera piedra en un género aún por nacer, el post-rock, y uno de los discos más influyentes de la década de los 90.


Eso sí, si estás esperando un trabajo de luminosas evocaciones y sensaciones cinematográficas, de grandilocuencia, te vas a llevar toda una sorpresa, y no de las agradables. Porque Spiderland no va en la línea de los posteriores desarrolladores del género, compuesto por músicos de refinada técnica y elegancia, sino que es una criatura primaria, oscura y, por momentos, violenta. Podría decirse que el cuarteto es más el padre filosófico de la criatura que el biológico. Demostraron que se podía ir más allá, que no era necesario aferrarse a los esquemas preestablecidos, y que eso de que todo estaba inventado era el recurso de los cobardes o los poco dotados. En lo estrictamente musical Slint ocupaban un lugar a medio camino entre el post-hardcore de Fugazi (que ese año publicaba el genial y también incomprendido Steady Diet For Nothing) y un rock progresivo tremendamente personal y vanguardista que hacía del ascetismo su mayor seña de identidad. Imagínate a Pink Floyd desprovistos de grandilocuencia, de su clase y su técnica y obligados a convertirse en una bestia movida por los instintos de sus entrañas, y te harás una idea de por dónde van los tiros. Spiderland era una obra arisca, incómoda y oscura, pero que golpeaba en el estómago con una fuerza incomparable, agarrando el alma del oyente y hundiéndola en un océano infinito, si, pero de brea. Obviando cualquier regla mínima de composición, el álbum es un maelstrom de ritmos primarios, casi desnudos, llenos de susurros, distorsión y aparentes viajes a ninguna parte, pero que cuando nos olvidamos de la razón, respiramos y nos abandonamos a nuestras sensaciones más descarnadas, deviene en una experiencia única, transgresora y que hace gala de una belleza que aunque grotesca y golpeada, pone los pelos de punta. La tensión entre los miebros de la banda (se dice que alguno de ellos acabó en el psiquiátrico para recuperarse del proceso de composición) llegó a unos niveles tan altos que se grabaron a fuego en Spiderland, imprimiéndole una sensación de calma tensa, de violencia a punto de desatarse muy palpable a lo largo de los 6 cortes que lo componían. Por eso no fue de extrañar que al poco de grabar el álbum, y como ocurrió con Squirrel Bait, la banda decidiera separarse, encarnando a la perfección esa visión de la evolución y el cambio como un proceso violento, desgarrador y convulso capaz de consumir las energías mas poderosas.


Spiderland fue una explosión y un nacimiento, un callejón sin salida y una profecía, una tormenta que vaticinaba mil días soleados. Todo un logro para algo que fue grabado en cuatro días, y que años más tarde provocaría reverencias entre discípulos como Mogwai, Isis o Tortoise. Termino citando la valoración más visceral que en su día hizo Albini en la revista Melody Maker: «Ten fucking stars». Pues eso.