VOR – Depravador (2018)

Y cuántas veces me consuela pensar que la barbarie inunda una vez más el mundo, y que los sentimientos y las pasiones reales, por muy rudimentarias que sean, ocupan el puesto de nuestras espantosas hipocresías.

William Morris

Dentro de la gran familia de las sonoridades densas, el Sludge es ese miembro desagradable, feo y de actitudes reprobables pero que sin embargo salva a todo el clan del ensimismamiento al que tiende irrevocablemente por su codificación genética. Sus grandes amigotes, el Punk y el Noise, le empujan a estar más en la calle que en casa empapándose de una terrenalidad sucia y abrasiva entre callejones oscuros, desigualdad y mugre, lo que no impide que al mismo tiempo sea tremendamente aventurero y se interne constantemente en territorios nuevos a pesar de la imagen estática que de él tienen los oídos menos avezados o los más prejuiciosos (esos que consideran que primarismo y experimentación son mutuamente excluyentes). Debido a todo esto géneros como el Doom o el Stoner gozan de una fama relativa mientras el Sludge está condenado a morar entre las sombras, aunque con una salud a prueba de bombas gracias a la existencia de bandas como los madrileños VOR, que vuelven a la carga con un Depravador (2018, Odio Sonoro / Nooirax / Noizeland / Sacramento / Base Récords / Third I Rex / Fuzz T-Shirts) capaz de darle vuelta a tu cabeza y saltarte todos los dientes al mismo tiempo. El dúo formado por Iván (bajo/voces) y Eduardo (batería), no conformes con haber escrito algunas de las páginas más memorables del terrorismo sonoro estatal enrolados en bandas como Moho, Warchetype o Lazharus, demuestran que tienen todavía mucho que decir para regocijo de todos los amantes de la buena lija.

Depravador es un disco jodidamente abrasivo, que se toma su tiempo para arrancarte la piel hasta tocar hueso y, ahí sí, pulverizarlo. Su funcionamiento interno es similar, una maraña de capas ruidistas y densas que van desplegando la retorcida visión que el dúo tiene de la psicodelia, porque a pesar de todo el espíritu crustie que impulsa el álbum estamos ante una obra ultraterrena, onírica en el caso de que al dormir viajáramos a un mundo dominado por el sufrimiento. En el caso de que al dormir despertáramos. El corte que da título al álbum, y que lo abre, nos hunde en una fosa séptica desde el principio recordándonos de paso a The Body por esa retorcida amalgama entre Crust, Sludge e Industrial que tan grande ha hecho a los estadounidenses, y que VOR maneja de manera superlativa. Temas como Black Goat o Cudgel, excepcionales misilazos, lo mismo nos recuerdan a Moho que a Iron Monkey por sus riffs quebrantahuesos y la mutación del blues en una criatura borboteante, hipermusculada y sedienta de sangre, si acaso el mayor logro del Sludge y que sigue siendo miel para los oídos más retorcidos. Daga es fiel a su nombre y se clava como un cuchillo oxidado en el cerebro, con un Eduardo genial acompañado por el gargantuesco bajo de un Iván que se desgañita desde alguna dimensión desconocida, como si Grief se hubieran cargado de groove y leído a Lovecraft hasta perder la cordura. La traca final llega con Dark Fraga, un melocotonazo para bailar en las fiestas patronales de tu pueblo mientras cuelgas al alcalde y en la que Anxela de Bala se suma a la celebración elevando la composición a cotas de verdadero crimen contra la humanidad, todo un maelstrom sonoro donde hay cabida para percusiones jazzísticas, lija, groove, densidad y muchísima mala hostia. Como una sangría calentada al sol al que tu colega le ha echado un par de tripis. Pero si aún no tenías suficiente puedes lanzarte a por las dos versiones-colaboraciones del tema inicial que cierran el disco, que ahí sí te vas a quedar jodido como Marichalar. Coffin Version (VOR &Tube Tentacles) es un supositorio de cuero y pinchos arrastrándose a través de tu recto, alimentado por la mala baba de Kike Kaos y su gusto por el Noise y el Industrial enzarzados en un estirado bucle hasta el fin de los días. Noise Hole Version (VOR & Noisegg) tira más del desasosiego electrónico que caracteriza al valenciano Noisegg, un polvo cerdo con un T-1000 controlado por Skynet mientras subes las fotos al grupo de Whatsapp de la familia. De nuevo nos vienen a la memoria The Body con este cierre, y no tanto por las similitudes estilísticas (que las hay) sino por estar ante una banda capaz de partir del ascetismo más primario y sin renunciar a él desplegar una propuesta tremendamente experimental, inquieta y, también hay que decirlo, dañina de cojones. Bravo y hurra.

VOR entregan con Depravador no sólo su mejor disco hasta la fecha, sino uno de los grandes pepinazos Sludge del año en el que primarismo y experimentación se dan la mano para cruzarle la cara a todos esos que piensan que algo así es imposible. En un momento en el que las fusiones con el Doom y el Stoner están tan en boga, los madrileños deciden salir de fiesta con el Noise y el Industrial mandando a todos a tomar por el culo. Y que sigan así.

Reseña invocada por CTHULHU.